Homilía

Catedral Basílica de Salta

31 de marzo de 2021

 

 

Queridos hermanos:

“El Espíritu del Señor está sobre mí”, así comienza Jesús su predicación pública, citando a Isaías. Se realiza también hoy, entre nosotros, el misterio de la presencia del Espíritu, “el mismo que reúne a los fieles en un solo cuerpo”[1];  es Él quien renueva la presencia de Jesús porque estamos reunidos en su Nombre. Él nos ha reunido, Él nos ilumina y nos fortalece. Es el Espíritu del Padre y de Jesús.

Estamos celebrando la Misa Crismal.  Bendeciremos los aceites de los Catecúmenos, el aceite de los enfermos y consagraremos el Crisma. Vamos de esta manera, desde la Catedral, ofreciendo a la Iglesia los signos que serán señales de nuestra pertenencia a Cristo y a su Iglesia.

El aceite de los enfermos es signo de la liberación de todo dolor; el aceite de los catecúmenos es el signo de la liberación de la esclavitud del demonio y del pecado y el Crisma señala nuestra pertenencia a Cristo, pertenencia por ser cristianos, pertenencia por ser confirmados, pertenencia por ser sacerdotes. Nos recuerda a los cristianos, a todos nosotros, que somos de Cristo.

Delante de los aceites y del Crisma nos reconocemos miembros del Pueblo de Dios, y nos reconocemos servidores del Pueblo de Dios. La unción con el Crisma que recibimos el día de nuestra Ordenación nos destina, en todo lo que somos y en todo lo que hacemos, al Pueblo de Dios, a quien tenemos que acompañar en el camino hacia la patria definitiva que es el cielo, el encuentro con el Señor. Esto marca también el estilo de nuestro servicio.

Estamos al servicio de la liberación del dolor y, por lo tanto, nos convertimos o, mejor, somos convertidos en ministros del consuelo. La Palabra de Dios es la fuente del consuelo del hombre, Palabra que ilumina, Palabra que marca el camino, que impulsa. Nosotros somos ministros de la Palabra y es ella la que nos impulsa a estar cerca de la gente para acompañar a todos y acercarlos al Señor en el camino de la Santidad.

Somos también, ministros al servicio de la liberación del pecado, ministros de la misericordia, de la Reconciliación, que tiene su origen en el Bautismo y que acompaña nuestra vida, sobre todo mediante los Sacramentos de la Reconciliación y de la Eucaristía. Eso marca también un estilo de servicio, de proximidad, de misericordia.

Somos promotores de la comunión. El Crisma nos recuerda que somos de Cristo. Somos ministros y constituidos por Él para que los hermanos, que también pertenecen a Cristo, sean, en su vida, de Cristo. En nuestra ordenación sacerdotal hemos sido ungidos con el Crisma; esto nos constituye Ministros de la Comunión, cuya fuente y cumbre es la Eucaristía, de la que somos presidentes en la asamblea que celebra al Señor. Nuestro estilo tiene que ser el de servidores de la comunión; comunión con nuestros fieles en las parroquias y alimentando en ellos la comunión con la Iglesia Arquidiocesana y con la Iglesia extendida por toda la tierra. Hace a nuestro camino de Santidad el ejercicio del Ministerio de la Comunión.

El Crisma nos asocia especialmente a la Eucaristía. Sin Eucaristía “no somos” parafraseando aquello de Emeterio cuando fue interrogado y posteriormente alcanzó el martirio junto con los otros mártires, que dijeron: “Sin el domingo no somos”. Nosotros tampoco somos sin la Eucaristía porque es nuestra fuente, nuestra vida, nuestra respiración.

Esta Celebración Eucarística y los signos que la acompañan nos hablan de nuestra pertenencia al pueblo de Dios y de nuestro servicio al mismo. Esto nos exige descubrir que somos parte de y servidores de este pueblo que camina y que recorre un camino trazado por Jesús, quien dijo de sí mismo: “Yo soy el camino”, que nos lleva a la Verdad y nos da la vida.  Ahí surge la necesidad de vivir el estilo sinodal, descubriendo y afirmando en nuestro interior la convicción de que la sinodalidad es constitutiva de la Iglesia. Ya el Crisóstomo, como recordábamos el otro día dice: “La iglesia es sínodo”.  Una actitud fundamental para vivir este espíritu sinodal y poder concretarlo es la capacidad de escuchar. Dios escucha. En el libro del Éxodo, cuando dialogó con Moisés, en la zarza dice Yahvé: “He visto el sufrimiento de mi pueblo, he escuchado los gritos de dolor, por eso te envió”.  Dios escucha, Dios pide que escuchemos. El Deuteronomio, cuando presenta los mandamientos, nos introduce justamente con el: “Escucha Israel”. Dios escucha, quiere ser escuchado, por eso la base de una actitud de comunión y de sinodalidad es la capacidad de escuchar y la capacidad de hablar con ánimo de compartir.

Estamos llamados a vivir esto, en el estilo de San José, de modo particular en este año. El Papa ha querido declarar el Año de San José, desde el 8 de diciembre del 2020 hasta la misma fecha del 2021. Entre las siete notas que el Papa destaca en el ejercicio de la paternidad de San José, habla también del padre en la obediencia, señala gestos de obediencia y nos indica cómo esa obediencia creyente lo lleva a tomar la vida con entusiasmo, sin detenerse en preguntas o cuestionamientos y cómo el enseña a Jesús el arte de obedecer al Padre. Humanamente José le enseño a Jesús a hacer la voluntad del Padre. Como fruto, Jesús puede decir: “Mi alimento es hacer la voluntad del Padre”.

También nosotros estamos llamados a vivir la obediencia de la fe en los momentos difíciles por los que transitamos y que sólo pueden ser cristianamente transitados en la obediencia de la fe. Las otras explicaciones de los problemas y de las dificultades con las que nos enfrentamos en el diario caminar ayudan, pero la base es la fe. Se trata de recorrer el camino recorrió la Virgen y el mismo José, como señalaba el Papa San Juan Pablo II en la Exhortación Redemptoris Custos, que dedico al Santo Patriarca.

Vivir la obediencia de la fe significa para nosotros, en primer lugar, aceptar el misterio de la Iglesia. Somos sacerdotes en la Iglesia y para la Iglesia, porque es la Iglesia quien nos ha dado la fe, la vida cristiana y el ministerio sacerdotal. Esta Iglesia, así como Ella es. Estamos llamados a reconocer la presencia de Jesús en la Iglesia, y, por consiguiente, a aceptar a la gente tal cual es acompañando a los hermanos, con la cercanía, la Palabra y los sacramentos, para que sean lo que tienen que ser delante de Dios, desde la fe.

En segundo lugar, estamos llamados a aceptar el misterio del propio sacerdocio. Jesús me ha elegido, me ha hecho su amigo, me ha ungido; es una marca en la que Jesús se ha jugado por mí para siempre, es una prueba de amistad que Jesús renueva cada día convirtiendo mi jornada en una nueva oportunidad para prestarle las manos, los pies, el corazón y el cuerpo entero… todo lo que soy para que Él continúe ejerciendo su ministerio de Buen Pastor y dé la vida por las ovejas.

Aceptar el misterio del sacerdocio de Jesús en mí es fuente de alegría, más allá de los cansancios con los que la vida nos va cargando. Si nosotros aceptamos esto y nos convencemos que el ser sacerdote es superior incluso a nuestros límites, debilidades, flaquezas y pecados vamos encontrando la unidad de vida, que la vivimos en el hacer la voluntad del Padre –que es la expresión de la obediencia de la fe- y eso nos da fuerza para volver a empezar.  Todos tenemos recuerdos de sacerdotes santos que fueron luz para nosotros y que los hemos visto dar hasta la última gota de su vida por servir a Jesús y a los hermanos, inspirémonos en esas figuras.

Tercero, la obediencia de la fe significa aceptar el misterio de mi ministerio.  Mi trabajo no puede ser el trabajo de un funcionario, somos servidores. Algunos ligan la palabra ministerio a “minus”, somos el menor que se hace servidor. Cuando se lo vive desde la fe nuestro ministerio genera  una alegría inmensa, porque, hagamos lo que hagamos, suframos lo que suframos, estamos en el lugar que Dios nos asigna. Entonces descubrimos la fecundidad de nuestra existencia y tiene sentido nuestro sacerdocio. Tiene sentido nuestro sacerdocio en este presbiterio, con estos hermanos nuestros. Renovemos ahora nuestra fidelidad sacerdotal, sin miedo, con valentía, bajo la protección de Nuestra Señora.

Los padres responsables de esta Catedral, el Señor Vicario, P. Javier y el P. Daniel, han decidido acercar la imagen del Señor del Milagro como expresión de la protección de Jesús en estos tiempos difíciles. El año pasado no pudimos hacer la procesión, pero estos gestos nos aproximan más y nos invitan a decirle al Señor: “Que este año podamos salir, necesitamos salir contigo a la calle, en septiembre”. La cercanía de la imagen del Señor, en torno a la cual estamos reunidos como sus ministros, es también un gesto visible para cada uno de nosotros y sensible para todo el pueblo de Dios, de esta amistad incondicional que se renueva en esta Misa Crismal y en todo el Triduo Pascual. Animémonos a renovar nuestro “¡Sí!”. Él está con nosotros. Que sea un ¡Sí! agradecido, al estilo de la Virgen y de San José.

Esta es la hora de vivir el estilo de San José y de la Virgen y de generar alrededor nuestro un espíritu de familia. Seamos generosos a la hora de entregarnos al Señor cuando renovamos nuestras promesas sacerdotales.

 

 

+Mario Cargnello

Arzobispo de Salta


 

[1] BENEDICTO XVI, Exhortación Apostólica Sacramentum Caritatis (SC) 13

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