Homilía de Mons. Oscar Ojea, Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina y Obispo de San Isidro

“Cuando Yo sea levantado en alto atraeré a todos hacia mi”
A todas las personas y a todas las cosas.

Hemos llegado hasta aquí ante el Señor de Milagro seducidos por esta atracción de todo el pueblo de Salta y del país, respondiendo a esta convocatoria que hunde sus raíces en la experiencia histórica y en la experiencia personal de la vida de cada uno de nosotros.

Esta atracción nos ha llevado a una profunda identificación con su persona que nos espera a cada uno desde la cruz.
¿Cuál es la razón de esta fuerza singular que nos lleva a encontrarnos aquí con el Señor en esta noche santa en la que renovaremos nuestra Alianza con El?

¿Cuál es el motivo que nos lleva a estar aquí contemplando en El, el reflejo de nuestra propia pobreza y desamparo?

¿Qué es lo que hace que llevemos grabado en nuestro corazón su imagen que nos conecta con nuestra fragilidad mas profunda y desde ella con nuestra extrema necesidad de ser abrazados y contenidos en el dolor?

Nos convoca la fe en la manifestación del amor mas grande de la historia, expresado en esta imagen del Señor del Milagro.

La fe cristiana es fe en el amor de Dios.

En la cruz El termina de entregarnos todo lo que tiene, quedándose sin nada. Nos conmueve la desnudez y la orfandad del Señor en la cruz. El es el modelo del pobre.

En el evangelio el pobre es, no tanto y no solo, el que carece de bienes sino el que lo da todo, el que entrega todo por amor.

De este modo la viuda de Naim que da de su pobreza todo lo que tenía para vivir es modelo de la mujer pobre.

María que entrega a su Hijo que es todo lo que tiene, es un modelo sublime de pobreza.

Dios Padre es pobre porque entrega a su único Hijo. “Tanto amo Dios al mundo que le dio a su único Hijo”.

Y Jesús también es pobre porque aquí en la Cruz nos lo ha entregado todo.

En primer lugar nos ha entregado a su Padre que se ha convertido en nuestro Padre. Aquel que invocamos todos los días en el Padre Nuestro es el Padre de Jesús. Es el Padre que Jesús nos ha regalado.

El ha venido al mundo para mostrarnos al Padre y para hacernos sus hijos. Se entrega también a si mismo en la cruz, entrega toda su persona, su cuerpo y su sangre para alimentarnos en el camino de la vida, nutrirnos, fortalecernos y convertirse en el amigo que nunca falla sino que esta siempre a nuestro lado.

Nos entrega a su Madre y la hace Madre nuestra al pie de la cruz. Recibiéndola nosotros en la persona de San Juan, nos la entrega para que nos consuele, nos anime y nos colme de su ternura de madre y experimentemos a través de ella el rostro materno de Dios.

Finalmente cuando ya no le quedaba mas para dar, desde los mas hondo de su corazón nos entrego su espíritu, para que nos recordara su vida y su palabra y para que nos asegurara la presencia y la compañía de Jesús en cada paso del camino de nuestra vida.

En el Bautismo, que es un nuevo nacimiento, recibimos este espíritu por primera vez. El Espíritu de Jesús da testimonio a nuestro corazón de que no estaremos nunca solos, de que mas allá del rumbo que nuestra libertad le imprima a nuestra vida, la marca imborrable del amor de Jesús permanecerá siempre en nosotros.

El mensaje que nos deja en el Bautismo es que tenemos familia, tenemos padre, madre y hermanos. Pertenecemos a una familia grande que es la comunidad de los Hijos de Dios. Una familia de hermanos con la que peregrinamos juntos hacia el Padre. Es un mensaje muy alejado al individualismo que nos presenta la sociedad de consumo en la que vivimos y respiramos. Ella nos hace creer que cada uno debe ocuparse de si mismo sin importarle el otro.

Caminamos juntos y nos salvamos juntos. Somos diferentes, la diferencia entre los hermanos nos enriquece y nos complementa, cada uno ha venido a aportar a la Iglesia una singularidad que nadie podrá dar en reemplazo suyo y el sentido de nuestra vida según el Espíritu, es potenciar y liberar aquellos dones que nuestros hermanos tienen y que por muchos motivos no pueden desarrollar plenamente. Que hermoso es trabajar en la Iglesia para poder vivir como una sinfonía la riqueza de los aportes únicos de cada miembro que embellecen al conjunto.

“Cuando Yo sea levantado en alto atraeré a todos hacia mi”

Ese rostro que no atraía las miradas por estar desfigurado como dice el Profeta Isaías sin embargo, nos sigue atrayendo a todos. En Él contemplamos el amor de este pobre que se despoja de todo y que es el único que puede dar sentido a nuestra existencia, recordándonos que vale la pena vivir por un gran amor y estimulándonos nuevamente a seguirlo de cerca.

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