14 de septiembre – Catedral Basílica de Salta

Homilía

En nuestro lenguaje cotidiano podemos a hablar de los castigos de Dios. Así lo hace también el Himno del Señor del Milagro. Pero ¿cómo debe entenderse esto viendo que el Señor dice que no ha venido a condenar sino salvar? Se explica porque Dios nos quiere y respeta nuestra libertad, pero también respeta las consecuencias de la libertad. Cuando nosotros hacemos mal uso de nuestra libertad y pecamos echamos a perder nuestra vida, la rompemos y esto tiene muchas consecuencias, incluso consecuencias cósmicas: la creación entera se ve frustrada. Dios entonces, podemos decir, que no quiere el dolor, la enfermedad, la pobreza, los terremotos o la muerte, pero es verdad que lo permite; en ese sentido, solemos hablar también que Dios “quiere tal cosa”.  Muchas veces este mensaje no es exacto, Dios no lo quiere, pero si lo permite.

¿Por qué siendo Dios tan bueno y todopoderoso permite el mal? Permite el mal precisamente por lo que decía antes, porque nos quiere libres,  respeta nuestra libertad. Además, porque siendo Él infinitamente bueno  y poderoso tiene capacidad para sacar bienes de los males -no solamente hacer bien a pesar de los males-, sino del mismo mal sacar bienes mayores aún. Esto se verifica habitualmente en nuestra vida. La sabiduría popular lo expresa con ese dicho de que: “No hay mal que por bien no venga”. Pero se verifica de modo singular en la Cruz de Jesús.

Cuando vemos al Señor Crucificado vemos nuestra obra, obra del pecado. Es la peor maldad que se puede haber cometido en toda la historia de la humanidad, pero en el mismo momento vemos el acto de amor más grande que se ha realizado en toda la historia  de la Salvación. Lo vemos en una sola mirada a estos dos aspectos. Esto se verifica en toda nuestra vida y en toda la historia de Salvación. Acabamos de oír recién como el pueblo de  Israel, cuando caminaba por el desierto, al salir de Egipto se quejó. La esclavitud de Israel representa nuestro pecado y la caminata por el desierto ese proceso de liberación, es el camino a la salvación eterna, es llegar a la tierra prometida. Sin embargo, en ese camino de libertad, el pueblo sufría sed y perdió la paciencia, como nos decía la Escritura recién. Se quejó amargamente por las pruebas. Ese desierto que Dios no quiere, pero permite, nos ayuda a sacar las consecuencias del pecado y nos quiere liberar del pecado por ese medio. Esa queja amarga del Pueblo le trajo castigo de las serpientes que representan muy bien como la amargura mata el alma. Las pruebas: la sed, el calor son duros, pero no mata; en cambio la serpiente de la amargura, de la rebelión contra Dios si matan. El remedio Dios nos lo dio por medio de la oración de Moisés y con un signo que ya nos profetiza al Cristo Crucificado. Una serpiente de bronce puesta sobre un mástil.  Es la consecuencia del pecado: el dolor, la muerte exaltada para que la miremos con fe. Dios no me deja de amar, Dios perdona al pueblo, cuando miro con fe ese signo de la muerte, sabiendo que Dios me ama también allí, incluso cuando estoy muriendo. Esto hemos de vivirlo cada uno de nosotros personalmente.  

En esta Fiesta del Milagro se nota de modo particular este gesto salvífico porque venimos y miramos al Cristo Crucificado con fe. ¿Qué nos dice esa fe? Este signo de muerte en la Cruz es instrumento de Vida. Allí, mirando al Cristo Crucificado, reconocemos nuestra obra, el pecado y el amor de Dios por mí y, aunque humanamente es un signo de muerte, sobrenaturalmente es un instrumento de Salvación. Así, el cristiano, mirando la Cruz, reconoce su pecado y viendo el amor de Dios allí en la Cruz se deja ganar por ese amor y  acude humilde a reconocer su culpa, a confesar sus pecados y comulgar el Cuerpo y la Sangre de Cristo,  que es Memorial de su Pasión. El Pueblo Salteño nos da un hermosísimo ejemplo a todos los argentinos y con esta mirada de Fe al  Cristo Crucificado, que  ha de volcarse en penitencia concreta, confesando las culpas y renaciendo así a nueva vida.  Esto que hemos de vivir personalmente cada una nosotros, podemos y debemos vivirlo también comunitariamente. Debemos aprender a ver las circunstancias de nuestra Patria y de la Iglesia con Fe.

Dios, no quiere nuestra pobreza, no quiere la violencia, el robo o la corrupción, el aborto, la ideología de género.  No quiere las peleas entre argentinos. Dios quiere salvarnos, pero nos va salvar por la Cruz. No podemos renegar de esa Cruz. Mucha gente está desesperanzada, nosotros tenemos que decirle: “No a la desesperación”.  Tenemos compostura los argentinos, pero por medio de la Cruz; por eso tenemos que desconfiar de aquello que nos prometen  o nos ofrecen un remedio sin Cruz. Nosotros sabemos que no es auténtico.  El remedio de Cristo, que Dios nos da, nos viene por la Cruz.  Tenemos que ser responsables y asumir las consecuencias de nuestros actos.  Así como el Pueblo de Israel, que había quedado esclavo de Egipto, tenía que asumir la dificultad de salir de esa esclavitud con la sed en el calor del desierto, así también nosotros tenemos que ser responsables y asumir la obra de nuestras manos. Los males de nuestra Patria no nos han venido de Marte ni nos han venido por la maldad de algunos personajes extranjeros.  Nuestra patria es lo que nosotros hemos hecho de ella.

Con la mentira hemos destruido la familia, la educación y la convivencia pacífica. No estamos muertos, no tenemos que dejar que la queja amarga termine de matarnos como al pueblo de Israel. Tenemos esperanza.  La amargura de la queja suele venir de la actitud del  que solamente se siente víctima de los pecados ajenos. El cristiano se siente solidario de todo pecado porque conoce humildemente lo que hay en su corazón y sabe que él también ha pecado y, por lo tanto, acepta con paciencia las dificultades y contrariedades de las pruebas de la vida. Miremos con fe nuestras heridas. Asumamos nuestra responsabilidad, nuestra Patria está crucificada por nuestros pecados, pero tiene arreglo y salvación y nosotros hemos de proclamarlo y gritarlo entusiastas, hemos de cantarlo y también poner manos a la obra para reconstruir nuestra Nación. Dios está con nosotros, vayamos a Él de la mano tierna de María con la poderosa arma de la oración. Así como la oración de Moisés liberó al pueblo de las serpientes, así también la oración será la que dulcifique nuestra alma  y nos salve de la queja amarga y nos permita reencontrarnos los argentinos, para encontrar así la solución a nuestros problemas. Si somos fieles a esto, veremos milagros.

+Mons.  Samuel Jofré  

Obispo de Villa María

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