Salta, 15 de setiembre de 2019

Mensaje

Caminantes con San Felipe, con Santiago y con los peregrinos (sinodalidad).

Nuestra procesión, que corona el tiempo del Milagro, llega a su momento culminante. El Señor nos ha regalado la experiencia de su cercanía que libera y dignifica, que salva y reúne. Los hermanos peregrinos, venidos de la puna, de los valles, del Chaco y de la selva oranense, del sur y del norte nos estimulan a descubrirnos caminantes y con ellos ha venido San Felipe en sus reliquias, Felipe el Apóstol, el del pie caminante y crucificado, y también Santiago, el valiente guía que dio su vida por Cristo. Somos caminantes que atraviesan la vida juntos compartiendo la fe, juntos creciendo en la fe, juntos, como Iglesia que es una, santa, católica y apostólica. Juntos en la Iglesia que camina en comunión, en sínodo. Así estamos en esta tarde de setiembre, en esta Salta que quiere ser fiel a Dios y a los hermanos.

La Última Cena: “Muéstranos al Padre”. Jesús nos muestra su familia: al Padre y al Espíritu Santo y nos incorpora a Ella.

El texto del Evangelio que acabamos de escuchar nos invita a desplegar las alas de nuestra imaginación para remontarnos a la Última Cena. Jesús ha lavado los pies a los discípulos,  anunció la traición, entregó el mandamiento del amor y se manifestó como camino, verdad y vida. El clima de amistad crece y en este contexto el corazón de Felipe se expresa en un pedido: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”. Su pedido hecho clamor es el pedido de todo corazón humano que se pregunta por su propia identidad: Muéstranos el rostro que dé identidad a mi rostro, muéstranos la Presencia que me responda quién soy. Y en la pregunta se intuye la respuesta: Soy hijo, somos hijos, y por lo tanto, somos hermanos. Los obispos argentinos, queriendo iluminar el milenio que nacía allá por el año 2000 nos recordaban: “Nuestra identidad y vocación más profunda es la de ser hijos e hijas. En su ser más íntimo ninguno de nosotros es huérfano. Sabernos redimidos por Cristo, renacidos del Espíritu, sentirnos y comportarnos como hijos del Padre, es el corazón de la vida cristiana”[1]  Y Dios, que está en el principio de la vida de cada ser humano, también está en el principio de la vida social. Está en el origen de la familia y está en el origen de los pueblos. El existir con otros y el vivir juntos no es el fruto de una desgracia a la que haya que resignarse ni un hecho accidental que debamos soportar ni una estrategia para sobrevivir. Dios es familia y el hombre está llamado a contribuir al crecimiento de la  humanidad desde la familia; por eso, fundados en el misterio de Dios hemos de construir juntos una historia común. Nuestra patria es un don de Dios, confiado a nuestra libertad, un regalo de amor que debemos cuidar y mejorar cada día. Amar a la patria haciéndonos cargo de los hermanos es un compromiso ineludible que debemos asumir entre todos con apertura de corazón. El rostro del Padre se hará transparente a nuestros ojos en la medida en que el rostro de los hermanos más necesitados manifieste la alegría de nuestro servicio, de nuestra caridad.

Santiago nos invita a construir la familia de los hijos de Dios

El apóstol Santiago, nuestro patrono, cuyas reliquias nos acompañan, nos exhorta a no hacer acepción de personas. “Escuchen, hermanos muy queridos: ¿Acaso Dios no ha elegido a los pobres de este mundo para enriquecerlos en la fe y hacerlos herederos del Reino que ha prometido a los que lo aman? ¡Y sin embargo, ustedes desprecian al pobre!… Hablen y actúen como quienes deben ser juzgados por una Ley que nos hace libres. Porque el que no tiene misericordia será juzgado sin misericordia, pero la misericordia triunfa sobre el juicio” (Sant 2,5-6.12-13). Y con igual vigor nos recuerda que la misericordia supone la justicia: “sepan que el salario que han retenido a los que han trabajado… está clamando, y el clamor de los cosechadores ha llegado a los oídos del Señor del universo” (5,4).

En la compleja trama de la vida social nuestra presencia cristiana debe testimoniar la justicia y la misericordia. No excluyamos a nadie, seamos justos con todos y en toda nuestra vida. El mundo actual nos presenta a muchos hermanos excluidos de la vida social. El Papa Francisco en la Exhortación Evangelii Gaudium nos invita a identificar los desafíos que presenta el mundo de hoy y nos invita a decir “No” a una economía de  la exclusión y la inequidad porque esa economía mata globalizando la indiferencia. No permitamos que el bienestar nos anestesie[2]. También nos invita a revisar nuestra relación con el dinero. No podemos negar la primacía del ser humano creando nuevos ídolos. Recuperemos el sentido ético en nuestra economía puesto que la economía ha de estar al servicio del hombre creando un orden social más humano. Cuidar la inclusión y la equidad es establecer las bases de una paz que erradique la violencia. No destruyamos el tejido social alimentando la inequidad[3]. Seamos honestos, honrados, solidarios. A los hermanos que buscan a Dios  les pido que me permitan recordarles que Él ha querido mostrarse en el rostro del hermano necesitado. No pasemos al lado de ellos indiferentes. Somos responsables los unos de los otros.

Nuestra patria necesita el aporte de ciudadanos solidarios. Para los cristianos la solidaridad nos compromete a optar por los pobres. Esta opción no es una elección sino una exigencia de nuestra fe. El Papa Francisco nos recuerda que la misma es una categoría teológica. Dios otorga a los pobres su primera misericordia. Creer en el Padre de Jesús comporta tener los sentimientos de Jesús, quien, siendo rico se hizo pobre por nosotros. Nuestro compromiso con los hermanos más necesitados nos compromete a considerar al otro como uno con nosotros. El pobre, cuando es amado, es estimado como de alto valor, y esto nos impide usarlos al servicio de intereses ideológicos, personales o políticos. La solidaridad será eficaz en la medida en que trabajemos por la promoción real del más necesitado, para contribuir al crecimiento de su dignidad y de toda su capacidad creativa. Quiera el Señor que nuestras parroquias, movimientos e instituciones sean faros de caridad.

Llamado a construir la unidad potenciando la libertad, cultivando la dignidad del otro de la que nos hacemos cargo, respetando toda vida y toda la vida, cuidando a los más pobres y evitando el empobrecimiento de una educación que baja la calidad y de las adicciones que destruyen personas y vínculos.

Queridos hermanos, como enseña el Papa Francisco, “una auténtica fe  -que nunca es cómoda e individualista- siempre implica un profundo deseo de cambiar al mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra”[4]  Contribuir a mejorar el mundo  nos exige crear familia en nuestros hogares, en nuestras comunidad, en nuestro mundo. El cristiano ha de ser un artesano de la unidad. La imagen de Jesús Crucificado y Resucitado es una invitación permanente a ser constructores de la unidad puesto que Él, Jesús, ha hecho de los dos pueblos uno solo. Se trata de una unidad que no degrada a nadie sino que potencia lo mejor de cada uno, que promueve dignidades, que cultiva libertades que enaltece las personas. El mundo de hoy sufre muchas formas antiguas y nuevas de esclavitud: el comercio con las personas, las guerras, la prostitución y la droga son expresiones de una cultura inhumana que muchas veces se reviste con la careta de la libertad. No nos cansemos de sembrar respeto a nuestro alrededor. El que está a mi lado es un hermano con el que debo caminar por la vida hacia el encuentro definitivo con Dios.

El primer respeto al hermano es el respeto a su vida, desde el momento de su concepción hasta su muerte natural. ¡Qué lindo es contemplar a los matrimonios y familias jóvenes que manifiestan su amor con sus hijos en brazos, a cuestas o con el cochecito! ¡Qué hermosa ha sido la experiencia de acompañar a mi sobrina y a su esposo que esperaron a su hijito día tras día y hoy  tiene dos meses! ¡Qué mensaje de esperanza transmite una familia abierta a la vida, un pueblo generoso con la vida, con toda vida humana y con todo el curso de la vida humana! La cultura de la vida nos compromete todo los días, tiene el sonido del niño que se mueve en el vientre de su madre, del bebé que balbucea, del niño que debe ser alimentado, respetado y cuidado, del adolescente y joven que debe ser acompañado en su maduración, del adulto que trabaja y sostiene nuevas vidas, del anciano que custodia la sabiduría dando sabor a la vida.

Un servicio que hoy adquiere particular relieve y casi podríamos llamar urgencia es el servicio a la educación. El Papa Francisco ha convocado a un evento mundial para el próximo año cuyo objetivo es “reconstruir el pacto educativo y renovar la pasión por una educación más abierta e incluyente. En un mensaje afirmó. “Hoy más que nunca, es necesario unir los esfuerzos por una alianza educativa amplia para formar personas maduras, capaces de superar fragmentaciones y contraposiciones y reconstruir el tejido de las relaciones por una humanidad más fraterna”. El Papa Benito XVI habló en repetidas oportunidades del tema y consideraba una emergencia educativa la situación actual. Educar es un acto de esperanza y de amor. Sólo quien cree en el ser humano apuesta tiempo, dedicación, formación, paciencia y trabajo para acompañar al hermano niño, niña, joven en su camino educativo. Sólo una política basada en el amor real a los habitantes de un pueblo puede pensar una educación de calidad para todos, destinada a elevar a cada ciudadano y a la comunidad toda. Tenemos una deuda con nuestros jóvenes y con nuestros niños: mejorar la educación. Cada alumno o alumna es, para un docente o para un responsable del bien común un regalo que nos da oportunidad de pasar por la vida haciendo el bien. Respetar al alumno y respetar al maestro, al docente. Apostar por el estudio, el esfuerzo, la superación personal es transitar el camino que nos lleve a un futuro más humano. Así lo hizo Jesús, que experimentó el dolor al ver que la multitud estaba como oveja sin pastor, así nos lo pide Él a los cristianos.

Educar supone también luchar contra todo aquello que atenta contra la vida, la salud y la calidad de vida de las generaciones de niños y jóvenes. La trata de personas, la difusión casi masiva de la droga y de otras realidades que generan adicciones son un verdadero flagelo para nuestra sociedad. La Iglesia en nuestro país ha asumido la tarea de acompañar a los que luchan por liberarse del mismo. Que no decaiga el esfuerzo por entregar el mensaje concreto de libertad que trae Jesús a nuestros hermanos que experimentan estas esclavitudes. Que el Estado no cese en la lucha contra las mismas. Que la imaginación de la caridad se despliegue para acompañar al hermano que necesita y para evitar que la cultura de la muerte nos destruya.

Escuchemos el llamado a recrear nuestra vida en el Señor: Volver a Cristo, aceptarlo, aceptar sus enseñanzas.

En momentos difíciles de la historia de Israel, cuando el pueblo había perdido el horizonte de su historia, el profeta Oseas, después de enrostrarle sus pecados,  lo invita a dejarse amar por el Señor: “Siembren semillas de justicia, cosechen frutos de la fidelidad, roturen un campo nuevo; es tiempo de buscar al Señor, hasta que Él venga y haga llover para ustedes la justicia” (Os 10,12).

La invitación es también para nosotros. El Padre, cuyo rostro resplandece en Jesucristo, no claudicará jamás en su amor por su Pueblo. Por ello podemos confiar y mirar el futuro con esperanza. No se trata de una esperanza mágica. Se apoya en la confianza en la Ley de Dios, testimonio magnífico de la ley escrita en el corazón del hombre que nos impulsa a tratar a los demás como nosotros queremos ser tratados.  Se sostiene en la cultura del trabajo, de la justicia y de la solidaridad. Para nosotros, cristianos, se alimenta en el encuentro con el Señor y supone asumir plenamente el compromiso eclesial de fortalecernos en la Reconciliación, de alimentarnos en la Eucaristía, de vivir la amistad con Cristo y los hermanos.

Para nosotros, cristianos, se hace llamado a la conversión. También nosotros, sacerdotes, experimentamos la necesidad de convertirnos, de pedir perdón a Dios y a nuestros hermanos por nuestras faltas y debilidades, de renovar nuestro compromiso con el Señor y con todos ustedes hermanos. Compromiso de ser testigos de Aquél que no vino a ser servido sino a servir hasta dar la vida por los demás.

Abramos las puertas a Cristo. Él no pide nada, da todo, da dignidad, engendra fraternidad. Que nuestros jóvenes no tengan miedo. Con Jesucristo se recorre el camino marchando siempre hacia adelante. Con Él la vida tiene sentido.

Argentina, Salta, ¡Déjate amar por el Señor!

Cae la tarde de este setiembre. Vamos a celebrar el Pacto. Señor, gracias por mostrarnos al Padre. Permítenos recibir de Ti, también hoy, con la frescura de la novedad que transforma, a tu Madre, nuestra querida Madre del Milagro. Cómo no confiar si Ella está siempre delante de ti para garantizar nuestro pacto de fidelidad!. En su Corazón ponemos nuestra vida, nuestra patria, nuestra historia. En su mirada nos reconocemos hijos amados del Padre y de Ella y hermanos tuyos. En su ejemplo nos inspiramos para caminar juntos, hacia adelante. Ya explota la primavera…. Es la Pascua salteña, es el Milagro. ¡Gracias Señor!  

Mario Cargnello

                                                                                                     Arzobispo de Salta


[1] CONFERENCIA EPISCOPAL ARGENTINA, Jesucristo, Señor de la Historia, 13 de mayo de 2000, 4

[2] FRANCISCO, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium (EG) 53-54.

[3] Cfr. Id.57-60

[4] EG 183

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