Señor del Milagro, Tú eres nuestra paz.
Oramos para recibirla
y servimos para darla
HOMILÍA
Ef 2, 13-18
Sal. 121, 1-2. 4-9
Ev. 20, 19-23
I. “Señor del Milagro, Tú eres nuestra paz”
Queridos hermanos y hermanas: También hoy, como los primeros cristianos, experimentamos la división dentro nuestro y entre nosotros. Estamos divididos entre hermanos, en nuestras familias, en nuestros pueblos, en nuestro país, en el mundo… y, en lo profundo de nuestro corazón, experimentamos la necesidad de la paz; anhelamos la paz. Y escuchamos al autor de la Carta a los Efesios que nos dice: “Cristo es nuestra paz: Él ha unido a los dos pueblos en uno solo, derribando el muro de enemistad que los separaba” (Ef 2,14).
Señor del Milagro, ¿Qué hacer para recibirte y recibir tu paz? En la segunda carta de Pedro se afirma: “Lleguen a ustedes la gracia y la paz en abundancia, por medio del conocimiento de Dios y de Jesucristo, nuestro Señor” (2 Pe 1,2). Se trata de conocerte a Ti, Señor y Dios nuestro.
Nos disponemos a celebrar el Pacto de Fidelidad que marca esta historia de amor entre Tú Señor y este pueblo de Salta y de todos tus devotos y peregrinos. El camino recorrido a lo largo de este tiempo de preparación y de novena es un camino de conocimiento mutuo. Tú nos ves, nos conoces con tu Corazón atravesado por el amor que te permite llegar hasta lo más profundo del corazón de cada uno en un andar que se hace más profundo, más transformador con el pasar de los años. Tú nos ofreces tu amistad y en ese clima nosotros crecemos conociéndote y confiando en Ti cada día.
Nuestra pertenencia a Ti es un eslabón en la cadena que atraviesa la historia de Salta desde los primeros tiempos. Tú llegaste “con tu amor buscando el amor de este pueblo”. La conciencia de este amor donado buscando ser correspondido alimenta al que llega a esta tierra desde cualquier lugar del mundo. El sabernos tuyos crea en nosotros un profundo sentimiento de paz, esa paz que nace del sabernos amado, en serio, sin ninguna mezquindad, sin ningún cálculo interesado. Nos amas porque nos amas, nos amas porque eres el Amor. Por eso estamos aquí, para agradecerte y reconocerte como la fuente más pura de la paz que necesitamos y que necesita la humanidad. “Tú eres nuestra paz”.
En esta hora, delante de tu imagen bendita y de la imagen de tu Madre, Nuestra Señora del Milagro, queremos pedirte la luz y la fuerza para ser constructores de paz. En este clima, permítanme dirigirme a ustedes, queridos jóvenes, en quienes descansa el presente y el futuro de nuestra patria: “No tengan miedo al amor verdadero” “No tengan miedo a la vida”. El amor se recibe como un don y se cultiva como una desafiante tarea; día a día, caricia a caricia, perdón a perdón, diálogo a diálogo. No cedan a la cultura narcisista que mide el amor sólo por el sentir. No tengan miedo de amarse para toda la vida. Desde ese amor que sostiene y alimenta el noviazgo y el matrimonio, comprométanse a crear una familia que sea un reflejo del Dios que es amor; háganlo para nuestros niños, para sus hijos. Ellos tienen necesidad, tienen derecho a respirar el amor de ustedes como pareja. ¡Jóvenes, ámense y amen! Lo necesitamos también los mayores y los ancianos. Ayúdennos a mirar con esperanza el futuro de esta patria que tanto queremos.
II. Señor del Milagro, danos tu paz.
La paz es, ante todo, un don. Por eso te pedimos: danos tu paz. La Constitución pastoral Gaudium et Spes del Concilio Ecuménico Vaticano II, afirma que la humanidad no conseguirá construir «un mundo más humano para todos los hombres, en todos los lugares de la tierra, a no ser que todos, con espíritu renovado, se conviertan a la verdad de la paz»¹. La paz es mucho más que la ausencia de conflictos armados, es “el fruto de un orden asignado a la sociedad humana por su Divino Fundador”², un orden que los hombres debemos realizar. Es “el fruto del Dios amor que corresponde a un deseo y a una esperanza inscriptos en lo más profundo del corazón humano”. Si no respetamos este anhelo, si no respetamos la ley moral universal que marca en su raíz la condición humana, ¿cómo se puede conseguir el bien de la paz?
¿Quién y qué puede impedir alcanzar la paz? La Sagrada Escritura lo señala: Es la serpiente del Génesis, el ser de “lengua bífida” a quien Juan llama “el padre de la mentira” (Jn 8,44). En la Jerusalén Celeste se excluye a los mentirosos “¡Fuera… todo el que ame y practique la mentira!” (Apoc. 22,8). La mentira corroe y destruye el vínculo entre las personas, enferma la vida de las familias, genera y destruye la confianza, corrompe y prostituye la economía y la política, hace muchas veces invivible la vida social, enfrenta a los hermanos y nos acostumbra a la difamación y a la calumnia como si fuera un deporte que nos va deshumanizando a pasos agigantados.
Sólo Dios puede entrar en nuestros corazones y convertirnos a la paz. “Conviértenos, Señor, para que nos podamos convertir”. Conviértenos a la paz. Danos tu paz. Queremos unirnos a este clamor que atraviesa el pontificado de nuestro querido Papa León, queremos poner ante el trono del Señor del Milagro, que es su Cruz Redentora, por las manos de Nuestra Señora, a nuestra patria argentina. ¡Señor, danos tu paz!
Cuando nuestra oración es sincera, en su sobreabundancia renueva el vínculo con nuestros hermanos. Al limpiar nuestros ojos nos descubre la verdad de que todo hombre es mi hermano e impulsa a salir de nosotros mismos para ir al encuentro del otro, de mi prójimo, del que nos necesita y va extendiendo nuestros corazones para abarcar a toda persona humana.
Si en la historia de amor del Milagro la llegada de la bendita imagen del Señor y su presencia con la de su Madre en los terremotos de 1.682 marcan y atraviesan la vida de todo salteño y de todo devoto con la certeza del amor de Dios; el Pacto de Fidelidad, que el Pueblo de Salta celebra desde 1845, señala un estilo de vida que nos exige hacernos cargo de nuestros hermanos. Cada uno desde su lugar, su trabajo, su responsabilidad. Lo imploraremos enseguida: “Confesamos que eres el camino, la verdad y la vida, así de los individuos como de las familias, pueblos y naciones; y que lejos de ti y de los esplendores de tu Cruz, sólo se encuentran engaños y amarguras.”
Celebrar el Pacto de Fidelidad nos compromete a devolver la verdad a nuestros vínculos, a nuestra vida social. A nosotros, los cristianos, nos urge trabajar por la unidad de la Iglesia, para ofrecer una casa de la verdad y la comunión en la que cada hermano sea respetado y amado en el Señor. Como San Francisco de Asís digamos: “Señor haz de nosotros instrumentos de tu paz”.
Que al celebrar la Eucaristía cada domingo, al contemplar al Señor hecho pan, al Cordero de la paz y al comulgar con Él, crezcamos en la conciencia que comulgamos con el Cristo total, comulgamos con todos los hermanos y nos comprometemos a ofrecer la paz.
III. Señor del Milagro, ayúdanos a servir a los hermanos sembrando la paz
Ofrecer la paz. Servir a los hermanos sembrando la paz. Ésta es nuestra tarea. Nos la ha confiado el Señor Resucitado: ¡La paz esté con ustedes! ¡La paz esté con todos ustedes!… Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”.
Permítanme proponer tres tareas que nacen de nuestro bautismo y nos urgen como cristianos:
A. Compartir un lenguaje que promueva y custodie la paz.
El Papa Francisco en la Encíclica Fratelli Tutti presenta a san Francisco de Asís como ejemplo de esta tarea: «En aquel mundo plagado de torreones de vigilancia y de murallas protectoras, las ciudades vivían guerras sangrientas entre familias poderosas… Allí Francisco acogió la verdadera paz en su interior, se liberó de todo deseo de dominio sobre los demás, se hizo uno de los últimos y buscó vivir en armonía con todos».³ Y el Papa León afirma: “Es una historia que quiere continuar en nosotros, y que requiere que unamos esfuerzos para contribuir recíprocamente a una paz desarmante, una paz que nace de la apertura y de la humildad evangélica”⁴.
El Papa León comenzó su pontificado saludándonos con las palabras de Cristo Resucitado: “Que la paz esté con ustedes… una paz desarmada y desarmante, humilde y perseverante”. Son palabras que nos remiten a la espiritualidad del beato Christian de Chergé. Era prior del monasterio trapense de Tibhirine. Ante una amenaza de muerte a la comunidad él escribió: “Señor, ¿tengo derecho a pedir: desármalo, si no empiezo por pedir: desármame y desármanos como comunidad? Es mi oración cotidiana”. Fueron secuestrados en marzo de 1996 y ejecutados dos meses más tarde. La Iglesia los beatificó en marzo de 2018 junto con otros mártires de Argelia.
En ellos se inspiró el Papa León para pedirnos que seamos capaces de cultivar un lenguaje marcado por palabras y gestos desarmados y desarmantes.
Debemos cultivar un lenguaje que respete, que no insulte, desprecie o maltrate al otro, es una exigencia de nuestro servicio a la paz. Que nuestras familias sean espacios de respeto mutuo, que las escuelas ayuden a crecer en fraternidad social con el buen trato, que los Medios de Comunicación, las redes sociales y las palabras de los líderes que guían a nuestras comunidades construyan puentes de reconciliación y de paz. Recordemos que la agresión es signo de debilidad, no de fortaleza. Nuestra patria necesita una sociedad fuerte, sostenida por la fraternidad y el respeto.
B. Recuperemos la familia, construida según el proyecto del Creador.
Enseñaba el Papa San Juan Pablo II: “Nuestro Dios, en su misterio más íntimo, no es una soledad, sino una familia, puesto que lleva en sí mismo paternidad, filiación y la esencia de la familia que es el amor. Este amor, en la familia divina, es el Espíritu Santo”⁵.
Por eso, y porque la misma vida nos lo enseña, la familia es la realidad humana primera y fundamento natural de la comunidad. En el hogar se entrelazan las generaciones y se transmite una memoria viva que da continuidad interior a la sociedad. Allí donde la familia es sostenida, se fortalece también la estabilidad espiritual y social de las naciones. La familia será siempre la primera escuela de humanidad en la que se aprende, antes que, en cualquier otro lugar, la gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer⁶.
Recibir la vida. Sí. Si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás? La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona. Por eso, la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad⁷.
C. Trabajemos por la justicia
Que cada uno de nosotros trabaje fuerte y sostenidamente por crecer en la justicia. Creamos en el valor de lo que hacemos. Así ayudaremos a transformar nuestra sociedad erradicando un poco cada día la corrupción en cualquiera de sus formas. ¡Seamos capaces de soñar en una Argentina mejor! Confiemos en el valor de la justicia vivida y practicada.
Permítanme rogarles a todos un compromiso para erradicar la injusticia: No naturalicemos el uso y la difusión de la droga que está haciendo estragos entre nuestros jóvenes, y también entre niños. El narcotráfico es genocida. Ser cómplices de ese negocio infame es un pecado gravísimo, es un pecado que clama al cielo. En nombre de los que murieron víctimas de la droga, en nombre de los niños y jóvenes que no saben cómo salir de esa esclavitud y luchan, luchan, en nombre de los padres y familias que, impotentes lloran y piden ayuda, digamos: ¡Basta! En nombre de tantas familias que ven crecer la pobreza porque sus propios hijos les roban y les quitan la esperanza, digamos: ¡Basta! En nombre de la sociedad que ve perder a jóvenes bajo nuestros puentes: Digamos: ¡Basta!
Queridos hermanos: No nos cansemos de luchar por un mañana mejor. El bien triunfará. Inspirémonos en nuestros peregrinos. Su audacia y perseverancia suscitan en tantos hermanos una corriente de caridad que transforma a Salta en los días del Milagro en una manifestación de misericordia social. ¿Por qué no hacerlo cada día en nuestra patria? Miremos al Señor que, a lo largo de nuestra vida, sigue con los brazos abiertos para abrazarnos y clavados en la Cruz para esperarnos y tomémonos de la mano de nuestra Señora y Madre, para dejarnos educar por Ella. Amén.
¹ Constitución Pastoral Gaudium et Spes, sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, GS 77.
³ FRANCISCO, Encíclica “Fratelli Tutti”, FT-4.
⁴ LEÓN XIV, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 2026.
⁵ JUAN PABLO II, Homilía en la Eucaristía celebrada en Puebla de los Ángeles, 28 de enero de 1979, 184.
⁶ Cfr. LEÓN XIV, Discurso al parlamento español, 8.6.2026.
⁷ Ibidem.










