HOMILÍA

Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

Misa Estacional — 10:00 hs — Catedral Basílica de Salta

14 de septiembre de 2026

Mons. Santiago Olivera

 

Queridos hermanos y hermanas, querido pueblo fiel de Salta, peregrinos que han llegado de tantos lugares para vivir este Triduo:

Es una alegría muy grande presidir esta Eucaristía, celebrar junto a ustedes. Quiero agradecer, antes que nada, a Monseñor Mario, que me invitó a predicar en esta Misa: gracias, Monseñor, por su generosidad y por abrirme las puertas de esta Iglesia particular en un día tan importante para Salta.

Y les confieso que es un gozo especial, porque es la primera vez que puedo venir a esta fiesta. Yo fui obispo de Cruz del Eje, en Córdoba, donde también vivimos una celebración muy querida por nuestro pueblo, la de la Virgen de los Dolores. Y precisamente se unen varios motivos importantes: porque este 14 de septiembre se cumplen trece años de la beatificación del Santo Cura Brochero, que fue declarado beato justo en la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz de 2013, en Villa Cura Brochero. Y no por casualidad: Brochero fue un gran devoto de la Cruz. Aquel mismo Cristo, que él mandó a tallar con el rostro de un serrano para que su gente se sintiera identificada al mirarlo, en la Capilla de la Casa de Ejercicios de la Villa del Tránsito, hoy Villa Cura Brochero, es el que va a presidir, en Córdoba, en el predio de FADEA, la Misa que celebrará el papa León XIV en su visita a la Argentina. Por eso hoy nos unimos, con gratitud, a este santo argentino tan nuestro, como lo tituló bien un autor que escribió sobre él: “más nuestro que el pan casero”.

Vengo con mucho gusto a esta Catedral que respira fe desde hace más de tres siglos, en medio de estos días en que Salta entera se “estaciona”, como dice tan bien el programa de esta fiesta, para encontrarse con el Señor y la Virgen del Milagro. Vengo como peregrino, y sé que me voy a ir de aquí con más de lo que traigo.

Hoy la liturgia nos regala una fiesta: la Exaltación de la Santa Cruz.

Una fiesta que nace de la historia

Esta celebración no es una devoción sin raíces. Nació en Jerusalén, en el siglo IV, cuando se dedicó la basílica construida sobre el Calvario y el Santo Sepulcro, y al día siguiente se mostró al pueblo el leño de la Cruz que, según la tradición, había encontrado santa Elena. Siglos después esa misma reliquia fue robada por los persas, y el emperador Heraclio, antes de ir a la guerra para recuperarla, le ofreció la paz a su enemigo. No se la aceptaron. Y aun así, cuando la Cruz volvió a Jerusalén, la Iglesia no celebró una victoria militar: celebró que el signo del amor más grande de la historia había vuelto a ocupar su lugar entre los hombres.

Por eso hoy no exaltamos un patíbulo, no exaltamos el sufrimiento por el sufrimiento. Exaltamos lo que Dios hizo con ese madero: lo convirtió en el lugar donde el amor le ganó para siempre al mal.

Y ustedes, hermanos de Salta, tienen su propia historia de la Cruz, tan entrañable como aquella. En 1692 la tierra tembló y sacudió esta ciudad. Cuentan que la imagen de la Virgen cayó sin sufrir ningún daño, y que cuando el pueblo sacó en procesión la imagen del Señor, los temblores cesaron. De ahí nació esta devoción que hoy los reúne, y por eso, en este mismo Triduo, sale en procesión la Cruz Primitiva, en memoria de aquella primera procesión de 1692. La devoción del Milagro y la devoción a la Cruz, en Salta, son la misma devoción: la certeza de que Dios no abandona a su pueblo cuando tiembla la tierra, ni cuando tiembla la vida.

La serpiente que muerde y la serpiente que cura

La primera lectura nos llevó al desierto, con un pueblo cansado, harto, que había perdido la paciencia con Dios y con Moisés. Conocemos bien esa sensación. Ese cansancio que a veces nos hace hablar más de lo que deberíamos, quejarnos más de lo que ayuda, perder de vista que Alguien nos está conduciendo, aunque el camino parezca largo y árido.

Y en medio de esa crisis, Dios no le pide a Moisés que haga desaparecer el peligro. Le pide que lo mire de frente. Una serpiente de bronce, levantada sobre una asta, para que el que había sido mordido, con solo mirarla, quedara sano.

Es una imagen fuerte que tiene una enseñanza importante: Dios no cura escondiéndonos el mal, sino invitándonos a mirarlo de frente, y a mirar junto con él el signo de la salvación. Cuántas veces buscamos remedio para lo que nos muerde por dentro —el rencor, el miedo, la culpa, el cansancio de la vida— en cualquier lado menos en el único lugar donde de verdad se cura.

“Es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto”

Y ahí está la clave de todo: el mismo Jesús toma esa imagen del desierto y la lleva a su cumplimiento. Nos lo dijo el Evangelio: “de la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en Él tengan vida eterna”.

Jesús se pone en el lugar de aquel signo. No para asustarnos con el mal que llevamos encima, sino para que, mirándolo a Él, crucificado por amor, encontremos la curación que nosotros solos no podemos darnos. “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único” —dice el mismo Evangelio— no para condenarnos, sino para que el mundo se salve por Él.

San Juan Pablo II, que conoció el dolor en carne propia, escribió una carta hermosa sobre esto, “Salvifici doloris”. Ahí explica que, en la Cruz de Cristo, “Cristo ha elevado el sufrimiento humano a nivel de redención”. No es que el dolor desaparezca. Es que, desde la Cruz, ya no es un pozo sin salida: se puede unir al sufrimiento de Cristo y volverse, de algún modo, fecundo. Asi traemos como peregrinos todos un dolor  —una enfermedad, una ausencia, una angustia— y lo depositamos a los pies del Señor y la Virgen del Milagro.

“Tú eres nuestra paz”

Ustedes eligieron este año un lema muy lindo y profundo para la fiesta del Milagro: “Señor del Milagro, Tú eres nuestra paz. Oramos para recibirla y servimos para darla”. No es casualidad que la Exaltación de la Cruz caiga justo en medio de este Triduo. Porque la paz que le pedimos al Señor del Milagro es exactamente la que brota del mismo lugar del que habla el Evangelio de hoy: del costado abierto de Cristo en la Cruz.

El papa León XIV eligió ese mismo saludo como sus primeras palabras al mundo, apenas asomado al balcón de San Pedro: “la paz esté con todos ustedes”. Y meses después, en su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, la definió con una frase que a mí se me quedó grabada: es una paz “desarmada y desarmante, humilde y perseverante”. Desarmada, porque no se construye acumulando poder ni recursos. Desarmante, porque cuando de verdad entra en un corazón, va sacando de a poco todo lo que ese corazón traía guardado para pelear. Es, hermanos, exactamente la paz que ustedes le piden al Señor del Milagro.

No hay paz verdadera que no pase por la Cruz. Se lo digo a un pueblo que sabe pedir con el corazón, que sabe caminar de rodillas, que sabe llorar frente a una imagen y también sabe alegrarse cantando en una procesión: la paz de Cristo no es la ausencia de dificultades. Es la certeza de que, aunque carguemos con la cruz, tenemos esperanza en la resurrección.

 

Hermanos, en estos días de novena, de vigilia, de procesión, de Gracia, nos llevamos todo lo que estamos viviendo. Aprovechen también para mirar de frente lo que les está doliendo, o siguiendo la palabra, lo que nos está mordiendo por dentro —ese dolor, esa cruz que cada uno lleva, y que nadie más necesita saber— y llévenlo a los pies de la Cruz y de la Virgen del Milagro. Reciban de ahí la paz. Y después, como dice el lema, salgan a servirla, a repartirla: en la propia casa, en el trabajo, en el barrio, con el hermano que tienen al lado.

Que Dios, nuestro Padre, que quiso que su Hijo único sufriera el tormento de la Cruz para salvarnos, nos conceda que, habiendo conocido este misterio en la tierra —y ustedes lo conocen mejor que nadie, porque lo viven cada septiembre en las calles de Salta— alcancemos un día el premio de su redención en el cielo.

Que la Virgen del Milagro, que estuvo de pie junto a la Cruz de su Hijo, nos acompañe en este camino.

Amén.

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