Catedral Basílica de Salta –  15 de septiembre de 2026 –

 

Su Excelencia Mons. Mario Antonio Cargnello, Arzobispo de Salta,
Excelencias, Obispos de Argentina,
Queridos sacerdotes, religiosos y religiosas,
Distintas Autoridades civiles, militares y policiales,
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

1. Introducción. Es para mí una gran alegría estar con ustedes esta mañana para celebrar juntos la Santa Misa aquí, de frente a la Catedral Basílica de Salta, el Santuario del Señor y de la Virgen del Milagro. Agradezco a Su Excelencia Monseñor Mario Antonio Cargnello por su amable invitación para estar con ustedes y celebrar juntos la gran Fiesta del Señor y la Virgen del Milagro.

2. Cercanía del Papa León XIV. Como saben, soy el Nuncio Apostólico, Embajador/Representante Personal del Santo Padre en Argentina. El pasado mes de junio tuve la oportunidad de encontrarme con el Papa León en el Vaticano, y él me confió dos mensajes para ustedes. El primero: ¡Dios los ama! El segundo: ¡El Papa León también los ama! Dios quiere mostrarles su amor y su misericordia. Es un mensaje sencillo, ¡pero qué gran mensaje!

El Papa León les asegura su cercanía espiritual y paternal, así como sus oraciones. Quiere que sepan que Dios los ama y desea mostrarles su perdón y su misericordia. El Santo Padre desea también que crezcan en la fe, en el amor y la misericordia de Dios, así como en su fe católica. Como testimonio de esta cercanía y deseo, el Papa León realizará una visita pastoral en Argentina en el mes de noviembre.

3. La Fiesta del Milagro. La Fiesta del Milagro es una de las más importantes de la provincia, donde el pueblo que peregrina en Salta, año tras año renueva su pacto de fidelidad con los santos patronos. Pero ¿cuál es el significado de este pacto de fidelidad? El Evangelio de esta mañana nos sitúa al final del martes de la Semana Santa. Marca la última aparición pública de Jesús antes de ser arrestado en el Huerto de Getsemaní, juzgado y crucificado. Para ayudarles a ustedes a renovar el pacto de fidelidad, los invito a centrarse en tres afirmaciones que hacen que la última aparición pública de Jesús sea muy significativa.

4. ¡Señor del Milagro, Cristo Redentor, del pueblo de Salta no apartes tu amor!

En primer lugar, Jesús dice: «Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. Les aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto» (Juan 12:23). Durante tres años, Jesús había dicho repetidamente que su hora aún no había llegado (cf. Juan 2:4; 7:6; 7:30; 8:20). Pero ahora, el momento era oportuno; su hora había llegado. Todo estaba listo para que él cumpliera la misión para la cual su Padre lo había enviado al mundo.

Él dice que su misión terminará en gloria, pero no de la manera que muchos esperaban o deseaban. No incitaría a una rebelión para vencer a sus enemigos y gobernar sobre súbditos que se postrarían ante él. No; por el contrario, sus enemigos se alzarían contra él y lo vencerían hasta que su cabeza se inclinara en la muerte sobre una cruz. Para Jesús, al igual que para el grano de trigo, el camino hacia la gloria pasaba por la muerte.

Esta es la teología de la cruz que Jesús vino tanto a enseñar como a vivir. No reinaría en un palacio, sino que colgaría de una cruz. No descansaría en un lecho de rosas, sino que sobre la fría piedra de un sepulcro. No sería envuelto en un manto de las telas más finas, sino que en lienzos mortuorios. Aunque muchos considerarían que esta teología no tiene nada de gloriosa, es precisamente aquí donde vemos su gloria con mayor claridad; porque, a través de su muerte, Jesús produciría mucho fruto. Esta es la paradoja central, el misterio clave del cristianismo —que tanto Cristo como los cristianos deben morir a este mundo para ganar la vida— y la razón por la que muchos niegan con la cabeza, con rechazo, ante la teología de la cruz. Pero, como demuestra la analogía de Jesús, es verdad: tanto en la agricultura como en la salvación, la vida surge a través de la muerte.

¿Cuál es el grano del que habla Jesús? Somos nosotros. La vida nos llega a través de la muerte de Jesús. Con su muerte, él ha destruido el poder del pecado para esclavizarnos. Ha destruido el poder de la muerte para retenernos. Para nosotros, la muerte ya no es el final. El sepulcro no es nuestro hogar definitivo. Como Jesús le dijo a Marta: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre» (Juan 11:25-26). Ustedes han venido en peregrinación al Señor y la Virgen del Milagro. Jesús quiere que comprendan claramente su propósito: que él no vino para vivir, sino para morir, para que mediante su muerte pudiera producir una cosecha de vida y salvación, una cosecha de paz: «Señor del Milagro, Tú eres nuestra paz. Oramos para recibirla y servimos para darla».

5. ¡Señor del Milagro, Cristo Redentor, del pueblo de Salta no apartes tu amor!

El segundo aspecto que observamos en la última aparición pública de Jesús es su humanidad, su vulnerabilidad, su honestidad y su transparencia. Él revela a la multitud las emociones que se agitaban en su corazón: «Mi alma ahora está turbada. ¿Y qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? ¡Si para eso he llegado a esta hora!» (Juan 12:27-28). Esto es un anticipo de las palabras que pronunciaría unas horas más tarde en el Huerto de Getsemaní: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz» (Mateo 26:39).

Jesús conocía los horrores que le deparaba el futuro. Sabía que este incluiría ser golpeado y azotado, escupido y escarnecido, y sufrir el dolor atroz de ser clavado de pies y manos en una cruz. Ninguno de nosotros puede siquiera imaginar cómo fueron aquellas horas finales para Jesús. Pero él conocía cada detalle espantoso mucho tiempo antes. ¿Si supiéramos de antemano que vamos a morir de una manera atroz? Sin duda, haríamos todo lo que estuviera a nuestro alcance para evitar un final así. Pero Jesús no. Jesús no es como nosotros. Él avanzó con firmeza hacia ese destino.

Y, sin embargo, por terrible que fuera el sufrimiento físico, no podía compararse con el aislamiento espiritual y emocional que habría de experimentar. No solo fue abandonado por sus discípulos, sino aparentemente por su propio Padre. Sería una agonía tal que clamaría: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mateo 27:46). Es una buena pregunta, ¿verdad? ¿Por qué abandonó Dios a su único, perfecto y amado Hijo? Jesús nunca había pecado; nunca había hecho daño a nadie. Pasaba cada minuto de cada día cumpliendo la voluntad de su Padre hasta el último detalle. ¿Por qué abandonó Dios a su Hijo? Tú sabes la razón. De hecho, tú eres la razón, y yo también. Fue abandonado por Dios porque cargaba con nuestros pecados. Sabiendo esto, ¿es de extrañar que el alma de Jesús estuviera turbada?

Y, sin embargo, al igual que ocurriría más tarde en el huerto de Getsemaní, Jesús no permite que sus emociones socaven la voluntad de su Padre ni saboteen la misión que vino a cumplir.

En el huerto de Getsemaní, Jesús condicionó su petición a la sumisión de una fe perfecta: «Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú» (Mateo 26:39). Del mismo modo, aquí dice: «¡Si para eso he llegado a esta hora!». Sí, esta es la razón por la que Jesús fue concebido por el Espíritu Santo y nació de la Virgen María. Esta es la razón por la que pasó tres años predicando, enseñando, sanando y expulsando demonios. No vino a este mundo para vivir, sino para morir. Él mismo lo dijo: el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos (cf. Mateo 20:28). La razón por la que Jesús vino a este mundo fue para soportar todo el horror del infierno —separado de la presencia misericordiosa de su propio Padre—, a fin de que nosotros nunca tuviéramos que sufrirlo.

Ustedes han venido en peregrinación al Señor y la Virgen del Milagro. En este recorrido, observemos a Jesús abrir su corazón —notemos cuán plenamente humano, cuán vulnerable y cuán transparente era— y demos gracias porque estaba decidido a hacer lo que fuera necesario para salvar nuestra alma. Esta es la verdadera fuente de verdadera paz: «Señor del Milagro, Tú eres nuestra paz. Oramos para recibirla y servimos para darla».

6. ¡Señor del Milagro, Cristo Redentor, del pueblo de Salta no apartes tu amor!

Esto nos lleva a las últimas palabras de Jesús en su última aparición pública antes de su arresto y crucifixión. Él revela el propósito supremo de toda su vida, de toda su misión en la tierra; dice: «La luz está todavía entre ustedes, pero por poco tiempo. Caminen mientras tengan la luz, no sea que las tinieblas los sorprendan; porque el que camina en tinieblas no sabe a dónde va. Mientras tengan luz, crean en la luz y serán hijos de la luz» (Juan 12:35-36). ¿Cuál es el objetivo final de Jesús al avanzar hacia la meta del sufrimiento y la muerte? ¿Acaso busca que sintamos lástima por él? ¿Que lo imitemos? ¿Que nos sintamos motivados a vivir vidas mejores y más santas? No. Su objetivo es muy sencillo: que creamos en él.¿No es asombroso? En muchos casos, las personas que saben que van a morir pueden pedir a sus amigos y familiares que sigan desarrollando el negocio familiar, que administren responsablemente su herencia o que, de alguna manera, continúen con su legado. En otras palabras, su preocupación es básicamente egoísta: busca influir en la conducta de quienes los escuchan. Pero aquí está Jesús, consciente de los horrores que le aguardaban, y su preocupación no es por sí mismo ni por su legado, sino por los demás; por nosotros: para que todos los que escuchen estas últimas palabras crean en él y sean salvos. Las últimas palabras públicas de Jesús demuestran que su voluntad estaba en perfecta armonía con la de su Padre; ambos desean que todas las personas sean salvas y lleguen al conocimiento de la verdad (cf. 1 Timoteo 2:4).

El objetivo supremo de Jesús es también el nuestro. Nuestro mensaje para la gente de este mundo agonizante no es egoísta ni egocéntrico. No hacemos lo que hacemos para buscar nuestra propia gloria, ni para preservar nuestro legado, ni para nuestro propio beneficio. Tampoco es nuestra meta simplemente mover a las personas a sentir lástima por Jesús, ni a esforzarse por imitarlo, ni a motivarlas a llevar vidas mejores y más santas. No; nuestro mensaje para el mundo es idéntico al mensaje final de Jesús: «Mientras tengan luz, crean en la luz y serán hijos de la luz».

Aquí hay una advertencia seria. Tomemos muy en serio las últimas palabras de Jesús. Ustedes han venido en peregrinación al Señor y la Virgen del Milagro. Hagamos que criar a nuestros hijos en esta luz, invitar a nuestra familia y amigos a bañarse en ella, y escuchar y apoyar la proclamación de esta luz a un mundo sumido en la oscuridad, sea la máxima prioridad de nuestras vidas, tal como lo fue para Jesús. El mundo de hoy día necesita de esta luz, de esta paz: «Señor del Milagro, Tú eres nuestra paz. Oramos para recibirla y servimos para darla».

7. ¡Señor del Milagro, Cristo Redentor, del pueblo de Salta no apartes tu amor!

Y así concluye la última aparición pública de Jesús antes de su arresto, su sufrimiento y su muerte. Una aparición en la que explica su propósito: que no había venido para vivir, sino para morir, y que mediante su muerte produciría una cosecha de vida y salvación. Una aparición en la que abre su alma —expresando su temor y aversión, muy reales, ante los horrores que habrá de soportar en los días venideros—, pero también su determinación de seguir adelante por ti y por mí. Una aparición en la que revela su objetivo supremo: que muchos se sientan atraídos hacia él por la fe, como luz del mundo, para llegar a ser como él: hijos de la luz. Estas son las enseñanzas fundamentales que el Señor del Milagro nos deja a nosotros y al mundo en su última y significativa aparición pública. Guardémoslas en el corazón.

¡Señor del Milagro, Cristo Redentor, del pueblo de Salta no apartes tu amor!

¡Así sea! ¡Amén!

 

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