2 de abril de 2021

Homilía

 

 

 

Queridos hermanos:

 

El Viernes Santo estamos invitados por la Iglesia a acompañar a Jesús y a contemplarlo en su camino hacia la Cruz, en su Pasión y en su Muerte. Contemplar a Jesús es una invitación a descubrir quién es Dios y quienes somos cada uno de nosotros. Podríamos decir ¿Quién es Dios?, ¿Quién es el hombre?  San Agustín decía “que te conozca para que me conozca”.

 

En este día la Iglesia proclama la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Juan. El Evangelio de Juan nos hace experimentar una profunda serenidad que acompaña los acontecimientos. La “serenidad sublime”, afirman los estudiosos de los Evangelios. Jesús aparece como conduciendo los acontecimientos, desde el silencio, desde una postura dignísima. Los otros actores se precipitan contra Él y es Él quien entrega su Espíritu, inclinando la cabeza después de afirmar: “Todo se ha cumplido”.

 

Escuchando el texto del Evangelio observamos que Juan le dedica un largo espacio al diálogo entre Pilatos y el Señor: entra, sale de sus aposentos, está delante del Señor y dialoga y está delante de la multitud y, en ese entrar y salir, hay una escena que es central, el momento que sale Jesús y dice: “Aquí está el hombre”.

 

Es bueno, el día del Viernes Santo, ponernos delante de Jesús, el hombre; un hombre que es presentado como Rey, el hombre cuyo rostro nos muestra nuestro propio rostro. Pilato lo presenta: “He aquí al hombre”, golpeado, coronado de espinas, ultrajado, humillado… este es el hombre. Por eso el rostro de Jesús, juzgado y ultrajado es mi rostro, es nuestro rostro y es bueno mirarnos en Él y descubrir también el rostro de los hermanos.

 

Primero, mirémonos nosotros y descubramos cómo el pecado destruye en nosotros nuestra humanidad. El Papa Benedicto XVI –un sabio-, decía que nosotros utilizamos la expresión: “ equivocarse es humano, para justificar los pecados”. No es así, el hombre no está hecho para el pecado, está hecho para ser hijo de Dios, el pecado es una quebradura, una falla en la condición humana, una destrucción de la humanidad.  Lo más humano en nosotros es ser hijos de Dios y vivir como hijos de Dios. Conscientes de esto, estamos llamados en un Viernes Santo como el de hoy, a mirarnos en el espejo del hombre presentado por Pilatos que es Jesús y descubrir cuántas veces hemos destruido en nosotros, en mi interior, en lo profundo de mi ser, mi humanidad por el pecado y pedir perdón al Señor.  Debemos dejar que Su Rostro modele nuestro rostro, Su Mirada recree nuestro corazón. Debemos pedir perdón, con profundo dolor de nuestros pecados, porque el pecado es la raíz de lo que destruye el mundo y a los hombres. Yo he pecado, hemos pecado. No tengamos miedo ni vergüenza de pedir perdón, reconociendo nuestras faltas y pidámosle al Señor que Su Mirada, mirada de luz, nos permita descubrir los entresijos de nuestra conciencia para pedir perdón, incluso de aquellas cosas que no alcanzamos a ver, y que son dañinas para nosotros y para nuestros hermanos.

 

Demos un paso más y miremos en el rostro de Jesús, el hombre, el rostro de tantos hermanos que sufren. En estos días, el Papa Francisco, nos invitaba a mirar en la Cruz a tantos hermanos destruidos por las situaciones de pecado del mundo: los marginales, los excluidos y los niños abortados. Mirémoslo y descubramos cuánto daño hace la humanidad esto que el Papa San Juan Pablo II llamó: “la cultura de la muerte”, que tiene una expresión fuerte en el aborto y que trae, por desgracia (ya se va insinuando en nuestros país), como paso siguiente, la eutanasia, la muerte del enfermo, del anciano. Ya andan queriendo proponerla.

 

Veamos también los que son destruidos por nuestros malos ejemplos, por nuestra falta de celo cristiano por la salvación de todos. Pidámosle perdón, pidamos la gracia de ser verdaderamente solidarios y fraternos con quienes nos rodean, con todos nuestros hermanos.  Es triste comprobar cómo nuestro orgullo, nuestra avaricia van alimentando un mundo con tanta gente cada vez más pobre. En estos días hablaban del aumento de la pobreza en la Argentina. Que leyendo números No nos me acostumbremos a la hipocresía de decir: ¡Que mal! Y no hagamos nada.

 

Un Viernes Santo es una oportunidad para pedir al Señor que no nos acostumbremos a la injusticia que genera el mal y que alimenta la destrucción de personas y familias. Que no nos acostumbremos a una propagación canallesca de la droga entre nuestros jóvenes y no tan jóvenes, Luchar para ayudar a la gente que está sometida a las adicciones a salir de las mismas, es un sacrificio permanente y lo tenemos que hacer y con gusto, ya que sabemos el daño que se producen en familias y jóvenes. ¡Que duro es escuchar a padres y madres de familias que se expresan impotentes frente a esta realidad, que es un verdadero flagelo! Miremos todo esto en el rostro de Jesús y pidamos perdón.

 

Cada uno de nosotros sabe, en el círculo de su influencia, podríamos decir así, quiénes nos necesitan.  Que podamos mirar sus rostros en el rostro de Jesús y le podamos pedir al Señor que nos dé luz para ver qué podemos hacer y fuerza para ponernos en marcha en el tender la mano.

 

Vamos ahora a la otra escena, vamos a la escena de la Cruz. Junto a la Cruz de Jesús estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba Jesús le dijo: “Mujer aquí tienes a tu hijo y luego dijo al discípulo, aquí tiene a tu madre  y desde aquella hora el discípulo la recibió como suya”.

 

En este Viernes Santo estamos llamados, también nosotros, porque somos sus discípulos -el discípulo es el cristiano-,  a recibir a la Virgen. Nosotros estamos invitados a recibir a la Iglesia, por que la Virgen es la figura excelsa de la Iglesia, estamos llamados a redescubrir en este Viernes Santo nuestra pertenencia a la Iglesia, que celebraremos mañana en la Vigilia Pascual, renovando nuestro bautismo. Renovar nuestra pertenencia y nuestro amor a la Iglesia, es alimento de esperanza y sostiene nuestra alegría por ser parte de la familia de Jesús.

 

En este Viernes Santo, envueltos en el temor de la pandemia, fortalezcámonos con la certeza de que Jesús está con nosotros; celebrémoslo serenamente, como Jesús vivió su Pascua y dejemos que Él convierta nuestros corazones. Miremos con los ojos de Jesús al Padre. Cuando recemos el Padrenuestro, antes de comulgar en esta Celebración, que nuestra plegaría  esté cargada de todo lo que estamos viendo delante de Jesús, contemplándolo en la imagen bendita y amadísima del Señor del Milagro que está cerca de nosotros en esta celebración.

 

 

+ Mario Cargnello

Arzobispo de Salta

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