9 de julio de 2020

Lecturas bíblicas

Sab 13,1-5

Sal 9,2-3.6.16.8-9

Lc 13,33-35

          Doscientos cuatro años han pasado desde aquella jornada de la declaración de la independencia en San Miguel de Tucumán. Permítanme, queridos hermanos, reflexionar con ustedes esta mañana con la admiración y el amor a la Patria que embargaba a Fray Mamerto Esquiú el 9 de julio de 1853 cuando pronunciara su sermón en la Iglesia Matriz de Catamarca con motivo de la jura de la Constitución Nacional sancionada por el Congreso General Constituyente y promulgada el 1 de mayo de ese año.

         Quisiera reflexionar a la luz de la Palabra de Dios guiado por el Sermón del próximo Beato. Son tres las razones que me impulsan a elegir este texto como guía: en primer lugar la próxima beatificación de este varón que fuera reconocido como “arquetipo de santidad y latido de fraternidad  cristiana en el nuevo mundo” por la comunidad boliviana de Tarija, según reza la placa colocada en su homenaje en el atrio de la Iglesia “San Francisco” en aquella ciudad.

                               En segundo lugar me mueve a recordarlo en este contexto el vínculo de Fray Mamerto, hombre de nuestra región del Noroeste,  con Salta. Son varias las familias que nacieron del hermano del beato, Don Odorico, verdadero pater familiae. Varias familias emparentadas se originaron de su matrimonio y hoy se integran a la comunidad de Salta. Además, Mons. Esquiú, siendo diocesano de Córdoba, en algunas oportunidades ocupó la cátedra sagrada en Salta, invitado por su amigo, nuestro obispo Mons. Buenaventura Rizzo Patrón, quien guio esta entonces diócesis de Salta entre los años 1861 y 1884.

                               En tercer lugar, me parece oportuno recordarlo en estos momentos de la historia en el que el grito profundo del pueblo de la Nación clama por la unidad y la paz. ¡Qué mejor entonces que recordar la palabra de aquél que fue llamado por comunidades extranjeras  “pacificador de la conciencia argentina”, como reza la placa a la que hice alusión anteriormente! El recuerdo de sus palabras se hace plegaria al Beato que tanto amó a la Patria para pedirle que interceda por la Argentina y por el mundo entero.

I

                               Casi como un eco de lo afirmado por la Sabiduría “a partir de la grandeza y hermosura de las cosas, se llega por analogía, a contemplar a su autor” el sermón de Fray Mamerto comienza con un canto de admiración y alabanza a Dios que se revela en el orden del Universo y sobre todo en la humanidad.  No teme a los debates porque está convencido que la patria y la religión son hermanas puesto que tienen el mismo principio y el mismo fin, que es Dios. Desde lo alto de la mirada del Creador ve  la Constitución, como principio armonizador de las voluntades y expresión de un verdadero pacto social. En ella descubre la unión de “la majestad del tiempo con el halago de las esperanzas”[1] . Para Esquiú  la Constitución es un manantial que trae vida para la Nación. Y por eso se alegra: ¡Laetamur de gloria vestra!, (reza el acápite del sermón).

                               Fray Mamerto desarrolla su argumento en dos partes: en la primera nos recuerda que la sola independencia no es la vida de la nación si no respeta la dignidad y el derecho de los ciudadanos, es decir, de la persona humana, de toda persona humana. La buena independencia no somete a los ciudadanos a la tiranía sino a la ley; puesto que la ley, regulando la libertad, da vida a la Nación. “Cuando los pueblos… se aúnan y levantan sobre la cabeza el libro de la ley, y vienen todos trayendo el don de sus fuerzas e inmolando una parte de sus libertades individuales, entonces la vida se espacia hasta las profundidades de un lejano porvenir, entonces existe una creación magnífica que rebosa vida, fuerza, gloria y prosperidad”.

Ley y libertad. En la tensión creativa entre ambos términos se juega la vida de un pueblo y el futuro de nuestra patria.

                               Vale la pena recordar una enseñanza de la Iglesia expresada en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (02.04.2004): “La autoridad política es por tanto necesaria, en razón de las tareas que se le asignan y debe ser un componente positivo e insustituible de la convivencia civil… (ella) debe dejarse guiar por la ley moral: toda su dignidad deriva de ejercitarla en el ámbito del orden moral, que tiene a Dios como primer principio y último fin… (Del orden que procede de Dios) proceden la fuerza que la autoridad tiene para obligar y su legitimidad moral; no del arbitrio o de la voluntad de poder, y tiene el deber de traducir este orden en acciones concretas para alcanzar el bien común”[2].

                               En este día de julio de un año desafiante, mirando la imagen de Esquiú moldeada por Elsa Salfiti  el frontis del salón contiguo a la basílica de San Francisco, ícono de la ciudad de Salta, imagen envuelta en las tablas de la Ley de Dios, renovemos nuestra confianza en la República, nacida en 1810-1816 y vivificada por su Constitución de 1853 actualizada por sus reformas.

II

                               La segunda parte de su argumento expone dos condiciones necesarias para que la ley ejerza su acción vivificante, estas son estabilidad de la ley y sumisión de parte de todos los ciudadanos.

                               Defiende la estabilidad no en sentido absoluto sino como “sostén para contener y ordenar las fuerzas, trazar alrededor de pueblos como de individuos una línea insalvable; si la ley cede un punto a nuestros embates, si no es un baluarte inamovible, la sociedad pierde terreno. La  ley es el resorte del progreso, y los medios no han de confundirse con los fines… No hay más libertad que la que existe según la ley”. No es que rechace las modificaciones en las leyes por los órganos competentes, “los tiempos, las circunstancias, el interés común talvez lo reclaman”.

                               En el día de la Independencia es bueno recordar, a la luz de lo afirmado, una enseñanza de la Conferencia Episcopal Argentina en su documento preparatorio de la celebración del Bicentenario del 9 de julio en el 2016: “Nos encontramos con una situación paradojal: para ser independientes, libres, debemos depender. En sentido personal, el comenzar a existir es comenzar desdese los otros, desde… nuestros padres… Porque se pertenece se es alguien, se tiene una identidad delante de sí y de los demás, se vive la libertad como responsabilidad… (A su vez) la familia forma parte de una historia más amplia, la historia de los pueblos. Somos una Nación independiente, donde queremos vivir juntos para vivir bien… Los hombres y sus naciones crecen porque peregrinan atravesados por el deseo de infinito que abre a lo universal, a todo lo bello, bueno y verdadero que se encuentre en el camino”[3].

                               Pedimos al Señor que nos ayude a descubrir el camino de la libertad que se libera en el respeto a la ley justa y humana, servidora de todos y custodia de los más necesitados.

                               La segunda condición que descubre Fray Mamerto para que la ley sea una fuerza vivificante es la sumisión de parte de todos los ciudadanos. Nos invita a desarrollar una sumisión pronta, de todos, al mismo tiempo y en armonía; nos pide que nos comprometamos a ello hasta ver a la Patria en orden, vida y prosperidad. Todos debemos someternos a toda la ley justa, porque ni la religión ni la conciencia obstan a esta sumisión universal. Por eso en la peroración de su sermón exhorta: “Obedeced, señores: sin sumisión no hay ley, sin ley no hay patria, no hay verdadera libertad”.

                               Esta afirmación de Fray Mamerto se traduce en nuestro tiempo en la exigencia de asumir el gran desafío de la educación. La emergencia educativa que vive occidente reclama

una educación que sea verdadera, es decir, que abra la mente y el corazón a la trascendencia de Dios, Padre y Creador de todo.  Se trata de una educación conforme a la medida del ser humano que introduzca a los jóvenes en la realidad según todas sus dimensiones proponiendo un sentido. Una educación que enseñe a respetar la ley como garantía de la vida social, de la solidaridad efectiva y permanente, es una educación que se ofrece a la libertad de los hijos y de los alumnos asumiendo los riesgos del camino. (Enseña el Papa Francisco:) Educar es enseñar a caminar. Los responsables de la educación, los líderes de la patria, han de tener en cuenta que “el compromiso, la búsqueda del bien de los demás, la capacidad de grandes sacrificios, solo se logran si se les ofrece a los alumnos algo grande por lo cual vivir, pues sólo lo totalizante anima la energía humana para afrontar el arduo trabajo de cada día”[4].

III

                               La hora es difícil. La pandemia nos ha colocado en una situación de crisis sanitaria, económico social y ecológica. Se trata de tres  dimensiones interdependientes. La situación actual nos invita a repensar nuestros proyectos, a cuestionar nuestra escala de valores, a pensarnos como personas interdependientes, a unir voluntades, a invertir en las necesidades reales de los hombres y mujeres para poder construir un futuro más humano.  

                               El gesto y la palabra del papa Francisco en la oración del 27 de marzo pasado en la plaza del Vaticano se han convertido en una señal para el futuro. Debemos hacernos cargo los unos de los otros. Estamos todos en la misma barca.

                               Dejémonos interpelar por el dolor de los que sufren, por las necesidades de nuestros enfermos, por las carencias de los marginados, por la tristeza de los ancianos y de los que están solos. Agradezcamos a los responsables de la salud y de la seguridad y reconozcamos su lugar en el tejido social. Que la organización del nuestras comunidades exprese la verdad profunda del ser humano. Pidamos al Señor que nos conceda la capacidad de llorar por nuestra patria y por la humanidad como lo hizo Jesús al contemplar a Jerusalén. Y abrámonos a una verdadera conversión cívica que afirme en nosotros la convicción de que “una sociedad justa puede ser realizada solamente en el respeto de la dignidad trascendente de la persona humana”[5]. No estamos en un momento intrascendente de la historia, depende de cada uno de nosotros construir un futuro mejor.

 Que el Señor del Milagro nos bendiga y la compañía maternal de Nuestra Señora del Milagro, se convierta en el espacio pedagógico para crecer como ciudadanos responsables y solidarios. Amén.

Mario Cargnello

Arzobispo de Salta


[1] Los textos en letra cursiva y entrecomillados son citas del Sermón de la Constitución.

[2] COMPENDIO DE DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA (A partir de ahora CDSI), 393.396

[3] CONFERENCIA EPISCOPAL ARGENTINA, El Bicentenario, tiempo para el encuentro de los argentinos, 2016, 64.66

[4] Ídem 73

[5] CDSI 132

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