Catedral  Basílica de Salta

13 de septiembre

Homilía

 

Ante todo quiero agradecer a Mons. Mario Cargnello la gracia de poder presidir, por primera vez, la Fiesta del Milagro.

 

En esta Celebración vengo trayendo el sentir, la devoción de tantos peregrinos del norte salteño que hoy quisieran también estar aquí presentes, honrando al Señor y a la Virgen del Milagro.

 

Hermanos, la Palabra de hoy que el Señor nos regala es una invitación a contemplar primeramente a la madre, aquella mujer simple y sencilla de Nazaret que se dejó interpelar por la Palabra del Señor. Esta mujer que aprendió a ser discípula, a dejarse transformar por la acción del Espíritu que la lleva a ser madre. Ella, es el modelo para nuestra vida cristiana, donde necesitamos recuperar la capacidad de escucha, escuchar la Palabra que el Señor nos dice en este tiempo, en este momento de nuestra vida de la Iglesia donde estamos invitados todos como  Iglesia peregrina a la escucha, para poder caminar juntos.

 

La escucha es una actitud que yo tengo con el hermano, pero es fundamentalmente es la actitud que yo tengo ante Dios, donde no pretendo que Dios responda a mi modo de pensar, a mi modo de sentir o que me resuelva las distintas situaciones que vivo. No es esa actitud que María nos muestra, sino esa disponibilidad a que nuestras vidas sean guiadas por la acción del Espíritu, nuestra vida personal, familiar, comunitaria como Iglesia, como pueblo de Dios que camina en esta realidad concreta. Dejarnos conducir por la voz del Espíritu, así como María que tenía su proyecto de vida, pero que el Señor lo transformó, toda esa capacidad de amar de María la transformó en esta entrega a la disponibilidad del proyecto de Dios, este proyecto que consistía en que Dios elige a la humanidad para acampar en Ella.

 

Esta gracia que tenemos, que nos recordaba el Apóstol en la 2ª Lectura. Estamos llamados como cristianos a reproducir en nosotros la imagen del Hijo, esta es la vocación cristiana, una vocación que se hace solamente cuando hay una capacidad de escucha y de discernimiento del tiempo presente, en los signos que el Señor muestra en la historia concreta de nuestro pueblo, especialmente en nuestro pueblo más sufriente, donde hay un clamor de un Dios que pide que se realice la justicia y el bien, un clamor del Espíritu que resuena en tantos reclamos de derechos legítimamente, que hacen a la realización de la plenitud humana.

 

Queridos hermanos, en este día, como peregrino venido del norte de nuestra provincia, quiero traer y poner a los pies de la Madre tantas situaciones de dolor, tantas situaciones y tantos signos de muerte, tantas realidades de vidas despreciadas y atropelladas.

 

 

 

Vivimos en los últimos tiempos en nuestro norte una realidad de mucho dolor, porque de pronto en nombre de un derecho, de la aplicación de una ley, se pierde esa sensibilidad para con la humanidad frágil.  Cuando perdemos esa sensibilidad nos transformamos en agentes del espíritu del mal, porque no respetamos, no consideramos la dignidad de la persona humana, esa dignidad que cada uno, desde antes de nacer tiene el derecho, es un derecho que hace al fundamento de los derechos humanos.

 

Si no respetamos la vida y esa vida antes de nacer y esa vida que después continúa,… porque hermanos la muerte en nuestra norte de tanta infancia desprotegida y descuidada es un grito que clama también al Señor.  yo quiero presentarlo y ponerlo en la mano de la Madre, tanto dolor, tanto sufrimiento y que genere en nosotros, los devotos de la Virgen y el Señor del Milagro, esos sentimientos de compasión, solidaridad y respeto del otro  y liberarnos de las ideologías, de todo tipo que no hacen al anuncio del Evangelio de Jesús.

 

Estamos, queridos hermanos, pidiéndole al Señor del Misericordia que nos mire con compasión, que abra nuestros corazones, que nos haga más abiertos y solidarios y sobre todo, nos ayude a superar nuestros egoísmos, nuestras búsquedas de intereses limitados, para que se haga presente esta vocación a la cual hemos sido llamados por el bautismo, para que cada uno pueda reproducir la imagen de su hijo Jesús. Que hermosa vocación humana, lo humano elevado hacia Dios.

 

Le pidamos a la Madre, que nos enseñe, como ella lo hizo en el momento de la Cruz, estar acompañando el dolor de su Hijo y solidarizarse para transformar ese dolor y esa afrenta en un gesto de amor.

 

Hoy también estamos llamados ante tanta afrenta, tantos crucificados a experimentar esta gracia de la Misericordia del Señor.

 

Virgen del Milagro, Madre de nuestro pueblo, te presentamos nuestros dolores, nuestras angustias y nuestras penas  y te pedimos que nos des el consuelo y la misericordia.

 

 

 

 

Mons. Luis Antonio Scozzina, O.F.M.

Obispo de Orán

 

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