Catedral Basílica de Salta

Homilía

Queridos hermanos:

I

Celebramos hoy la fiesta más importante del año litúrgico. ¿Por qué? Nuestra fe adquiere sentido y el compromiso a partir de lo acontecido, de un dato: del  sepulcro vacío… vacío por lo acontecido la noche de Pascua. Es la victoria de la vida sobre la muerte. La convicción fundamental del cristiano es que Jesucristo ha resucitado. Hay pueblos que se saludan así: “Jesucristo ha resucitado, verdaderamente ha resucitado”.  Pablo afirma: “Si Cristo no resucitó, nuestra fe es  vana”,  no tiene sentido creer.  Todo lo magnífico de la figura humana de Jesús, no dejaría de ser eso: alguien interesante, un gran filántropo si ustedes quieren, un hombre generoso, una figura fuertemente atractiva, un líder con todas las letras… pero no se sería más que eso. La  prueba, el sello de lo definitivo de Jesús está en su victoria sobre la muerte: ¡Él vive!  Nosotros creemos que Él vive, nosotros en la Eucaristía y en nuestras celebraciones litúrgicas no hacemos el siempre recuerdo de uno de los más grandes o geniales hombres de la historia, ¡no!; hacemos la memoria que actualiza la acción del Dios con nosotros y cuyo sello es su Resurrección.

Por eso la pregunta que nosotros escuchamos en la Secuencia Pascual antes de Evangelio: “¿Qué has visto María Magdalena?”. María Magdalena responde que ha visto el sepulcro del Cristo Viviente y la Gloria del Señor Resucitado. Ahí está la clave. No  es una ilusión, no es sólo ella la que tuvo la experiencia del Resucitado. Pablo dice que los apóstoles vieron al Señor y también él. ¡Él vive!

La Iglesia vive de esta verdad y no vive en un  triunfalismo (aunque a veces puede haber sucumbido a un cierto triunfalismo). Pero la Resurrección no constituye una fuente de triunfalismo, constituye una provocación, generación tras generación, para renovar esa lucha constante entre el hombre viejo y el hombre nuevo; lucha que pasa por el corazón de cada hombre y que pasa por la humanidad.  Cantamos entonces: ¡El Señor ha resucitado, cantemos el Aleluya, proclamemos la alegría! ¡Invitémonos a  la esperanza aún en medio de las dificultades!

 

II

En el mensaje que el Papa pronunció al mediodía en Roma, recordó algunas situaciones de dolor: los atentados de hoy en Sri Lanka, la situación de Venezuela que cada día es más dramática y la pobreza que se enseñorea  en aquellos que caminan sobre la riqueza del petróleo por la falta de entendimiento, por la soberbia de unos pocos, por el no querer soltar el poder, por la borrachera del poder.  Lo mismo sucede en Nicaragua  en estos momentos.  Y  también entre nosotros las situaciones de dolor y de injusticia son muchas veces frutos de quienes quieren ganar cueste lo que cueste, caiga quien caiga y muera quien muera y, sin embargo, nosotros llamamos a la esperanza. ¿Por qué? Porque creemos que la última palabra la tiene, no la muerte, sino la vida.

La esperanza no es una alegría vacía, sino es  esa fuerza que anima a empezar de nuevo, como tanta veces lo descubrimos en esas heroicas madres que enfrentan solas la educación de los hijos y son capaces de dar todo para que el hijo coma, que esté sano, que estudie, que sea mejor. Son señales de Resurrección la gente que lucha, como aquellos jóvenes que han caído en la droga y que descubren, tocan fondo y empiezan a salir y se ayudan -y aunque a veces recaen-, vuelven a la lucha y, al lado de ellos, padres y madres que no bajan los brazos y son signos de esperanza. En medio de situaciones de tanto dolor, de  guerras,  de problemas que afectan a pueblos enteros y vemos  a jóvenes y adultos generosos,  que dan su tiempo para curar a unos,  para ayudar al otro,  para mitigar el dolor del tercero…. Son signos de esperanza.  ¿Qué decir de la gente que es capaz de perdonar  y de volver a empezar? ¡Son signos de esperanza!  Más en un tiempo como el nuestro que el perdón parece que tiene que ser excluido del vocabulario corriente. Esta es la propuesta del Resucitado,  eso es lo que se celebramos: la victoria del Señor, que parte de un dato que es histórico, el Cristo que ha vencido a la muerte, el Señor Resucitado.  Por ello, por esta verdad dieron la vida apóstoles, mártires, generosos misioneros, familias enteras porque la convicción de que Cristo vive, transforma la vida  y le da color, fuerza y sentido.

III

En esta celebración nosotros estamos aquí  y ¿qué traemos?  La vida, con muchos signos de muerte, pero dispuestos a que seamos transformados por el paso del Señor de la Vida. Esa  es la Misa Pascual -toda Misa- pero, en particular, la celebración de la Eucaristía en la Pascua. La Palabra de Dios nos dice en el discurso de Pedro: “Ustedes ya saben qué ha ocurrido en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicaba Juan, cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo llenándolo de poder”. Ese es el dato, esa es la novedad, por eso el centro de la vida cristiana es el Santo Sepulcro, el sepulcro vacío.  Pedro,  hablando de Jesús nos dice: “Él paso haciendo el bien y sanando a todos los que habían caído en poder del demonio, porque Dios estaba con Él”. Aquí está la huella del cristiano que cree y es un Resucitado: es alguien que se compromete a hacer el bien. Los scouts tienen como consigna una obra buena que da sentido a su día. El Evangelio da un paso más, no se trata solamente de una obra buena sino de tener un corazón que se dispone  a no desaprovechar ninguna oportunidad para hacer el bien, a sanar al que ha sido herido por el demonio. No importa si es grande o pequeño lo que nos toca hacer;  si soy un cristiano, un resucitado, la pregunta a mi examen de conciencia al final de cada jornada es: ¿hice el bien hoy? ¿Aproveché las oportunidades para hacer el bien? Yo sugiero que en la Eucaristía dejemos que la memoria nos ayude y recordemos a aquellas personas que muchas veces han sanado nuestro corazón, porque estábamos tristes y su palabra nos trajo paz y alegría; porque teníamos bronca y su palabra nos trajo armonía interior; porque sentíamos odio o rencor y su gesto mitigó el dolor y la cerrazón del corazón. Agradecer a Dios tanta gente que muchas veces nos ha hecho tanto bien, que han sido signos de la Resurrección. No hace falta que sea importante la gente, se hace importante para nosotros. Es importante para nosotros porque nos hacen bien. Que su testimonio nos  comprometa también a nosotros a ser gente que hace el bien.  Hoy se habla de gente tóxica, que solamente se acuerda de lo negativo y que en nuestros vínculos alimenta lo negativo. ¡Qué importante es que los cristianos revisemos nuestro corazón, nuestras actitudes y nuestras palabras y seamos capaces de sembrar y proponer el bien! ¡Los otros tienen derecho de que nosotros los cristianos seamos testigos del Resucitado y el testimonio del Resucitado pasa por hacer el bien, por llevar verdad a nuestras  relaciones!

IV

En la lectura segunda, el Apóstol nos decía: “Celebremos la Pascua no con la vieja de levadura de la avaricia y la perversidad sino con los panes ácimos de la pureza y la verdad”. Este año coincide la fecha de la celebración de la Pascua Cristiana con la Pascua que celebran los hermanos judíos, nuestros hermanos mayores, y hay un elemento común: el pan sin levadura.  Se trata del puro alimento que nos invita a ser buena gente, en la que títulos y pertenencias quedan abajo. Lo que importa es que somos humanos ¿Y dónde se muestra? ¿En la pompa? No. ¿En los  aparatos de poder? No,  sino en la simplicidad del servicio, en la actitud que pone como eje de la vida, no el propio yo, sino el otro el cuál tengo que servir.

Decirles ¡“Buenas Pascuas”! Queridos hermanos es desearnos a todos que podamos abrir el corazón a Cristo, que dejó vacío el Sepulcro para habitar en nuestro corazón. Dinos María Magdalena ¿Qué viste en el sepulcro? Podríamos preguntar ¿qué ves en esta Catedral? Muchos cristianos, todos cristianos. Pero a veces, creemos en la muerte y nos aferramos a la falsa levadura de aquello que no da vida sino que envejece: mi orgullo, mi odio, mi resentimiento, mi falta de grandeza, mis cálculos, mi apego al dios dinero, mi falta de libertad… no, ¡Cree que Él vive! ¡Resucita! Porque Él resucitó también para nosotros, también para ti y para tu familia. No desaproveches la Pascua, que sea profunda y buena para ti. ¡Buena Pascua!

 

+ Mario Cargnello

Arzobispo de Salta

Por wi182027

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