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Bicentenario de la muerte del General Belgrano

TE DEUM

Iglesia de San Juan Bautista de la Merced

20 de junio de 2020

Textos bíblicos

Os 11,1-11

Sal 99,1-5

Mt 23,1-4.37-39

Hermanos:

Nos hemos reunido en el templo de San Juan Bautista de la Merced de esta ciudad de Salta para celebrar el día de la Bandera. Lo hacemos el 20 mes de junio de 2020  para celebrar el bicentenario de la muerte de su creador, el General Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano.

Lo hacemos en un contexto inédito para la humanidad, el marcado por la pandemia del Covid 19 que modifica costumbres, exige atención creativa permanente, decisiones prudentes, prontas y muchas veces difíciles. Tiempo que  nos exige a todos gestos de solidaridad y  del que, esperamos, sepamos aprender a fin de comenzar una época que se enriquezca con mejores actitudes para con todos, para con la familia, con la ciudad, la provincia y la patria toda.

Manuel Belgrano es uno de nuestros próceres fundadores. Su figura es paradigma de ciudadanía responsable, de solidaridad real, de entrega incondicional al bien de la patria. Agradeciendo a Dios Nuestro Señor el don de su vida quisiera compartir con ustedes y con todos los que nos escuchan a través de los Medios de Comunicación una breve reflexión sobre su figura destacando tres virtudes que iluminan nuestro presente.

Belgrano amó a su patria,

Supo hacerse pobre para enriquecer a los argentinos,

Coronó su vida sufriendo por su patria.

I

Belgrano amó a su patria.

            La Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina en un mensaje que lleva la fecha de hoy afirma: “Manuel Belgrano es uno de nuestros próceres fundadores, que nunca buscó su gloria”.  El general escribía en 1816: “mucho me falta para ser un verdadero Padre de la Patria, me contentaría con ser un buen hijo de ella” (Carta, 10-X-1816). 

            Su actitud permanente fue dar lo mejor de sí al servicio del nuevo tiempo que auguraba a esta tierra, por eso escribe en su autobiografía: “Mis ideas cambiaron, y ni una sola concedía a un objeto particular /…/: el bien público estaba en todos los instantes a mi vista.”  Buscar el bien común se convirtió en entrega generosa. Comodidad, bienestar económico, tranquilidad social, todo lo entregó cuando el bien de la Nación  le demandaba un servicio. Sacrificó incluso su vocación cuando la patria le pedía un sacrificio.

            En él resplandece lo que acerca del bien común afirmaba la Conferencia Episcopal Argentina: “El bien común exige dejar de lado actitudes que ponen en primer lugar las ventajas que cada uno puede obtener, porque impulsa a la búsqueda constante del bien de los demás como si fuese el bien propio. “ (CEA. Bicentenario de la Independencia. n. 37. 2016).

            Vio con claridad las necesidades de este pueblo y le regaló la bandera. Por obediencia la guardó hasta que la Asamblea del año XIII la reconoció y pudo enarbolarla al lado del río Juramento y presentarla victoriosa en la Batalla de Salta.

            Supo humillarse buscando el bien de la patria hasta lograr captar el alma de los argentinos todos. Quiso la libertad para todos y así lo propuso desde los primeros tiempos de su vida pública al regresar de España donde estudió en los mejores centros del saber de su tiempo. En las batallas y en la vida fue magnánimo; a él también se le atribuye la expresión “Ni vencedores ni vencidos” que marca la Cruz de la Batalla de Salta que custodia este templo.

II

Belgrano supo hacerse pobre para enriquecer a los argentinos

Belgrano fue un hombre religioso. Su religiosidad no solamente se destaca en la devoción mariana, sino que también encarna en su vida los valores ético-morales del cristianismo, expresados claramente en una vida austera y honesta y en el desprendimiento generoso de sus bienes. La generosidad en su forma de vivir, es sin duda un ejemplo que no podemos dejar de lado. No lo motiva el éxito individual, ni el ansia de riquezas ilimitadas frente al desamparo del resto de la población.

Esta generosidad lo llevó a compartir desprendiéndose hasta morir en la extrema pobreza. Su corazón de hombre y de ciudadano se fue liberando y se hizo capaz de sentir dentro de sí las necesidades de la nueva nación. Por eso, como sucede con las almas magnánimas, comprendió que en el centro del servicio que podía ofrecer, debía colocar a la educación. Al respecto afirma el mensaje de la Comisión Ejecutiva:

“Mucho antes que otros, Belgrano comprendió que la educación y aún la capacitación en las disciplinas y técnicas modernas eran una importante clave para el desarrollo de su patria. “Fundar escuelas es sembrar en las almas”, dirá nuestro prócer. El espíritu revolucionario de Belgrano descubrió rápidamente que lo nuevo, lo que podría llegar a ser capaz de modificar una realidad estática y esclerotizada, vendría por el lado de la educación. De este modo, promovió por todos los medios la creación de escuelas básicas y especializadas”. Porque, dice en su Autobiografía: “si recuerdo el deplorable estado de nuestra educación, veo que todo es una consecuencia precisa de ella.”

“De allí que bregara también por la fundación de escuelas en la ciudad y en el campo, adonde se brindara a todos los niños las primeras letras, junto a conocimientos básicos de matemáticas, el catecismo, y algunos oficios útiles para ganarse la vida”.

La educación que concebía el prócer tenía que alcanzar a los distintos sectores de la población, también a las niñas y jóvenes, en una época todavía lejana al reconocimiento práctico de iguales condiciones y derechos para varones y mujeres. A la fundación de escuelas destinó sus premios: “Cada vez anhelo más por la apertura de estos establecimientos, y por ver sus resultados. Porque conozco diariamente la falta que nos hacen.” (Carta, VII/1813)[1].

Las almas magnánimas priorizan en sus objetivos de servicio a los demás la educación. Así nos lo muestran, entre otros, Fray Mamerto Esquiú, cuyo proceso de beatificación entró en la fase de la Celebración porque el Papa Francisco aprobó ayer el milagro atribuido a su intercesión. Otro ejemplo nos lo da el Papa Benito XVI quien insistentemente llamó a la Iglesia a enfrentar el desafío de la “emergencia educativa”.

III

Belgrano coronó su vida sufriendo por su patria.

               

“Ay Patria mía”, fue la expresión de su último aliento y de su amor profundo. El amor se aquilató en el dolor y el dolor amalgamó el amor de Belgrano por esta nuestra tierra. A la luz de su figura advertimos que los tiempos difíciles dan profundidad a nuestro amor.

                En el Evangelio escuchábamos a Jesús dolerse por Jerusalén, su ciudad, el signo de su patria. Un ciudadano que no quiere pasar por la vida en la superficie de lo irrelevante acusa el impacto del dolor frente a la injusticia, a la corrupción, a la expansión de la pobreza que nos parece invencible. Un ciudadano responsable experimenta el desasosiego ante las divisiones que nos empequeñecen y destruyen, ante los oportunismos de los que sólo quieren lucrar con los demás, ante cualquier forma de explotación de los hermanos. Un hombre, una mujer de bien se indignan ante los intentos de humillar, de desinformar, de aprovecharse de la pobreza material o espiritual de los demás.

                El dolor de Belgrano fue real, tremendamente real. Su lamento final, que tiene la dramática belleza del canto del cisne, se constituye en una interpelación a todos los argentinos de cualquier época; interpelación que se transforma en preguntas: ¿amas a tu Patria o sólo a ti mismo? ¿Qué das de ti para que la Argentina crezca y se desarrolle al servicio de todos? ¿Sirves hasta sufrir por ella o te conviertes en un egoísta que alimenta el sufrimiento de los otros, buscando sólo servirte de lo que esta Nación generosamente te brinda?

                La claridad de la jornada que nos envuelve nos invita a formularnos éstas y otras preguntas. Abrámonos a la oportunidad de una sincera conversión ciudadana. Que la luz de Dios Nuestro Señor, fuente de toda razón y justicia, alumbre nuestro presente y nos coloque a la altura de sus desafíos.

                                                                                                              Mario Cargnello

Arzobispo de Salta


[1] Estos pensamientos fueron tomados por la Comisión Ejecutiva de la CEA de un discurso del Cardenal Jorge Mario Bergoglio pronunciado ante los docentes de la arquidiócesis de Buenos Aires en el año 2003.

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