Salta 15 de setiembre de 2019

Queridos hermanos y hermanas que han venido con fe a este santuario:

El profeta Isaías proclamaba con esperanza y alegría: ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia la salvación!. Ustedes, hoy, son esos mensajeros de paz que vienen a ex presar su a mor y gratitud al Señor y a la Virgen del Milagro. Muchos de ustedes durante varios días, con gran sacrificio y fatiga, han recorrido kilómetros y kilómetros para llegar a este Santuario con el fin de poner bajo su protección su vida, sus alegrías, sus anhelos, sus sufrimientos, sus angustias, sus trabajos y sus familias.

Recordemos siempre que peregrinar es ponernos en camino hacia Dios; significa tener la mirada fija en la meta definitiva de nuestra vida con un corazón anhelante de encontrar al Señor. Nuestra existencia toda es, entonces, un caminar constante hacia ese encuentro, que debemos recorrer con gozo y optimismo en medio de las insidias que presenta la sociedad actual. Cuando peregrinamos, como ustedes lo están haciendo ahora, tenemos que hacer un alto en el camino de nuestra vid apara dejarnos envolver en una sana y necesaria inquietud interior que nos permita hacer un balance de nuestra existencia; mientras peregrinamos tenemos que abrir nuestro corazón para anhelar el verdadero descanso y una auténtica consolación. San Agustín expresaba de manera hermosa estos sentimientos en sus Confesiones al repasar su vida y reconocer “Nos hiciste Señor para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti”.

Si cada uno de ustedes se pregunta ¿por qué he venido hasta este santuario? Con toda certeza ninguno de ustedes lo ha hecho por una simple y larga caminata, o por hacer ejercicio o cambiar de rutina, sino que ha partido de su casa lleno de fe y de esperanza para un encuentro de amor. Sin duda todos hemos venido a buscar en brazos del Señor y de la Virgen del Milagro un signo de la ternura y de la cercanía de Dios en nuestra vida. Venir a este santuario constituye un acontecimiento de gracia, en donde debemos pedir con humildad, como lo hicieron los apóstoles en presencia de Jesús: “Señor, aumenta nuestra fe”, “enséñanos a orar” y, como el ciego de Jericó, suplicarle que tenga compasión de nosotros y nos permita “ver” para seguir siempre glorificando a Dios.

Cada uno de nosotros ha tenido, además, alguna intención particular para hacer esta peregrinación, ya sea de acción de gracias, ya sea de súplica de perdón, o también para pedir algún favor especial en bien propio o de alguien más. Sin embargo, al ofrecerle al Señor las fatigas y el gozo del camino recorrido tenemos que ponernos , más bien, en manos de Dios para que ese “algo” que buscamos se transforme en aquello que es esencial en nuestra existencia, encontrarlo a Él en nuestro peregrinar terreno y responderle con amor. Así, pues, hemos venido hasta aquí no para obtener “lo que yo quiero”, sino para crecer en la amistad con el Señor, en fe, esperanza y caridad.

Hoy llegamos hasta aquí para contemplar las imágenes de este Cristo crucificado y de su tierna madre María, para tratar de comprender en carne propia el sufrimiento del Señor y su generosa y valiente entrega para obtener nuestra salvación. Venimos, pues, a buscar reposo y retomar fuerzas para continuar. Llegar al santuario no puede ser el punto final, pues el objetivo de nuestro caminar va mas allá, no es este lugar en sí mismo lo importante, sino lo que él representa, lo que él contiene. La meta es un encuentro con el Señor, mediado de manera muy especial por su madre María.

En esta solemne celebración de la santa Misa nos hemos reunido, para rememorar la gran muestra de amor y misericordia que tuvo el Señor del Milagro con quienes habitaban esta región en septiembre de 1692 al salvarlos del terrible terremoto que produjo tanta destrucción y congoja. No se trata en este momento de un simple recuerdo de una maravillosa actuación de Cristo Jesús en favor de su pueblo, sino de una manifestación gozosa de fe, de esperanza  y de amor, para dar gracias al Señor por lo sucedido hace tantos años, pero, sobre todo, por el milagro permanente que realiza en favor nuestro. Es que todo milagro es un signo de la gratuidad divina y nuestra vida toda es un milagro porque cada uno de nosotros es una creatura única e irrepetible de Dios, somos pues un don gratuito de su bondad que nos ha dado la vida y nos protege en cada instante. Más aún Él nos ha enviado a su Hijo para que a través de su cruz y de su resurrección nos salvara del poder del pecado y de la muerte y fuéramos constituidos hijos de Dios. Esa es nuestra dignidad y nuestra gloria. De ahí, entonces, que es importante volver a entonar frecuentemente el salmo que  hemos escuchado: “¡Den gracias al Señor, invoquen su Nombre, hagan conocer entre los pueblos sus proezas! ¡Recurran al Señor y a su poder, busquen constantemente su rostro! ¡Recuerden las maravillas que él obró, sus portentos y los juicios de su boca!”

Al contemplar la imagen del Señor del Milagro, vemos en su rostro esa expresión dolorida y agonizante de quien ha cumplido la misión que le encomendó el Padre y, ahora lleno de bondad, nos infunde confianza, ya que él es el rostro visible de la misericordia de Dios que siempre busca nuestro bien. Más aún, si acaso lo hemos olvidado o nos hemos alejado comportándonos con indiferencia o contrariando su voluntad, sin embargo, allí desde la cruz él nos dice ¡Ánimo, no temas,  yo estoy contigo! Este ánimo que él nos infunde es muy necesario en el momento actual, pues vivimos muchas veces llenos de temores, de dudas, de incertidumbres, de soledad y percibimos una inseguridad constante, precisamente porque no sabemos acoger al Señor en nuestra vida. Somos víctimas y, lamentablemente al mismo tiempo en muchos casos, causantes de tanta división, desigualdad e incluso violencia, porque nos dejamos llevar por sentimientos llenos de envidia, de egoísmo y de indiferencia ya que por tratar de satisfacer nuestros caprichos y ambiciones llegamos a propiciar o, al menos, permitir la corrupción que tanto mal causa a la sociedad en todos niveles.

Las lecturas que hemos escuchado en esta santa Misa nos ayudan a profundizar el misterio que estamos celebrando. El mensaje de esperanza que lanzaba Jeremías al pueblo de Israel en nombre del Señor, Jesús lo ha hecho realidad: “Yo pondré mis ojos sobre ellos para su bien… Le daré un corazón para que me conozcan a mí, que soy el Señor; ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios, porque volverán a mí de todo corazón”. Sí, nosotros somos el pueblo de Dios, somos los hermanos y hermanas de Jesús, que estamos llamados a ser discípulos misioneros para anunciar la Buena Noticia de la salvación y transmitir nuestra gozosa experiencia de haber encontrado al Señor en nuestra vida. Así, pues, ésta no es un laberinto que desemboca en la nada, en la oscuridad, sino esa vida nueva y feliz que el Señor nos ha prometido y cuya esperanza se afianza en el misterio de su resurrección. Nuestra existencia, por lo tanto, debe ser un canto de alegría y gratitud, a pesar de los sufrimientos y angustias que podamos pasar en algunos momentos. El salmo responsorial nos invitaba a gloriarnos en su santo Nombre y a alegrarnos los que buscamos al Señor, contemplando su rostro y recurriendo a su poder. Con alegría y con la convicción de nuestra fe hemos respondido: “Señor, nosotros somos tuyos y tú eres nuestro”.

            Para hacer real en nuestra situación personal ese sentimiento de sentir a nuestro lado al Señor, que nos ha llamado a ser  su pueblo y nos ofrece su cercanía divina, tenemos que dejar fuera de nosotros ese corazón de piedra que a veces nos impide amar a nuestros hermanos y nos lleva a despreciar a los demás, a sentirnos superiores y a humillar y descartar a quienes tienen mayores necesidades. El Señor nos ha prometido que él nos dará ese corazón nuevo capaz de amar, pues no basta nuestro simple deseo de transformarnos, necesitamos la ayuda y la gracia del Espíritu Santo. Solo así podrá ser sincera nuestra respuesta de amor a Dios.

            La cruz de Cristo constituye entonces la máxima expresión del amor y la misericordia divina. El apóstol Pablo por ello no se cansó de exaltar lo que significa el misterio de la pasión  y muerte del Señor en la cruz. Más aún, él mismo nos dice “Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo”, pues, aunque para muchos pareciera una locura o algo completamente incomprensible el hecho de que Jesús siendo inocente muriera crucificado, sin embargo, se trata del mayor motivo de esperanza para toda la humanidad, en el que podemos poner nuestra total confianza. Por esto tenemos que proclamar, no con vergüenza, sino con orgullo nuestra fe en el Señor crucificado, puesto que fue así como él quiso demostrarnos su amor, entregando su vida por nosotros, para que pudiéramos tener la Vida plena y nos mantuviéramos firmes en la esperanza, gracias a su resurrección. Para creer en el amor de Dios y aceptar a Cristo en nuestra vida no debemos entonces exigir más pruebas y milagros. Ya el apóstol decía “Mientras los judíos piden milagros y los griegos van en busca de sabiduría, nosotros, en cambio, predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos, pero fuerza y sabiduría de Dios para los que han sido llamados”

            Al mirar al Señor del Milagro y contemplar la ternura y el sufrimiento de su Madre no podemos permanecer indiferentes, sino que tenemos que dejarnos tocar el corazón y expresar nuestros sentimientos de reconocimiento y gratitud. Sentimientos que no se pueden quedar en buenas intenciones, sino que deben manifestarse, como una expresión viva de nuestra fe, en un aumento de nuestro compromiso de caridad y misericordia para con nuestros hermanos que sufren por la carencia de lo más necesario para una digna subsistencia o porque han caído en las distintas redes del degrado. Si hemos venido con fe a este santuario es porque queremos poner en práctica el imperativo fundamental del Evangelio: el amor, la misericordia y la justicia. Si participamos con devoción en la  Eucaristía estamos llamados a comprometernos a ser discípulos ejemplares del Señor que anunciemos el Evangelio no solo de palabra sino con nuestro testimonio de solidaridad, dejando que brote todo un caudal de auténticas caridad, pues en el amor a los pobres la Iglesia pone en juego su credibilidad ante el mundo. Este es el sentido del Pacto de fidelidad que haremos al final de la Procesión de esta tarde. Así, pues, qué hermoso sería que, al terminar esta celebración y volver a nuestros hogares, marcháramos dispuestos a convertirnos en un oasis de misericordia para todos los demás  y de esa manera llegar a ser testigos  creíbles del amor de Dios.

Terminamos esta santa Misa recordando lo que pedimos al Señor del Milagro, que abra sus ojos y nos contemple con misericordia, para que podamos pertenecerle del todo y encontremos la salvación y que, con la cariñosa protección de su Santísima Madre, arda nuestro corazón con amor fraterno para comportarnos verdaderamente como hermanos con nuestro prójimo y lleguemos a sí a la patria del cielo. Con inmenso amor digámosle a la Virgen del Milagro, “Somos tus hijos y tú eres nuestra Madre”.

+Octavio Ruiz Arenas

Arzobispo emérito de Villavicencio

Secretario de Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización

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